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29 septiembre 2027

MODO DE VIVIR: Frutos de la lucha

Frutos de la lucha

Camino 201.- ¡Qué sabores de hiel y de vinagre, y de ceniza y de acíbar! ¡Qué paladar tan reseco, pastoso y agrietado! -Parece nada esta impresión fisiológica si la comparamos con los otros sinsabores de tu alma.
Es que "te piden más" y no sabes darlo. -Humíllate: ¿quedaría esa amarga impresión de desagrado, en tu carne y en tu espíritu, si hicieras todo lo que puedes?

SURCO 345.- ¡Un gran descubrimiento!: algo que sólo entendías muy a medias, te ha resultado clarísimo cuando has tenido que explicárselo a otros.
Hubiste de charlar muy despacio con uno, desanimado porque se sentía ineficaz y no quería ser una carga para nadie... Entonces comprendiste mejor que nunca por qué te hablo constantemente de ser borriquitos de noria: fieles, con anteojeras muy grandes para no mirar ni saborear personalmente los resultados -las flores, los frutos, la lozanía de la huerta-, bien ciertos de la eficacia de nuestra fidelidad.

FORJA 4.- Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros -¡que no somos nada!-, para llevar a «todos» los hombres los frutos de su Redención.

Amigos de Dios 14.- Allá por los primeros años de la década de los cuarenta, iba yo mucho por Valencia. No tenía entonces ningún medio humano y, con los que -como vosotros ahora- se reunían con este pobre sacerdote, hacía la oración donde buenamente podíamos, algunas tardes en una playa solitaria, Como los primeros amigos del Maestro, ¿recuerdas? Escribe San Lucas que, al salir de Tiro con Pablo, camino de Jerusalén, nos acompañaron todos con sus mujeres y niños a las afueras de la ciudad, y arrodillados hicimos la oración en la playa (Act XXI. 5).
Pues, un día, a última hora, durante una de aquellas puestas de sol maravillosas, vimos que se acercaba una barca a la orilla, y saltaron a tierra unos hombres morenos, fuertes como rocas, mojados, con el torso desnudo, tan quemados por la brisa que parecían de bronce. Comenzaron a sacar del agua la red repleta de peces brillantes como la plata, que traían arrastrada por la barca. Tiraban con mucho brío, los pies hundidos en la arena, con una energía prodigiosa. De pronto vino un niño, muy tostado también, se aproximó a la cuerda, la agarró con sus manecitas y comenzó a tirar con evidente torpeza. Aquellos pescadores rudos; nada refinados, debieron de sentir su corazón estremecerse y permitieron que el pequeño colaborase; no lo apartaron, aunque más bien estorbaba.
Pensé en vosotros y en mí; en vosotros, que aún no os conocía, y en mí; en ese tirar de la cuerda todos los días, en tantas cosas. Si nos presentamos ante Dios Nuestro Señor como ese pequeño, convencidos de nuestra debilidad pero dispuestos a secundar sus designios, alcanzaremos más fácilmente la meta: arrastraremos la red hasta la orilla, colmada de abundantes frutos, porque donde fallan nuestras fuerzas, llega el poder de Dios.