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Paciencia
Camino 698.- ¿Te riñen? -No te enfades, como te aconseja tu soberbia. -Piensa: ¡qué caridad tienen contigo! ¡Lo que se habrán callado!
SURCO 297.- El mundo está frío, hace efecto de dormido. -Muchas veces, desde tu observatorio, lo contemplas con mirada incendiaria. ¡Que despierte, Señor!
-Encauza tus impaciencias con la seguridad de que, si sabemos quemar bien nuestra vida, prenderemos fuego en todos los rincones..., y cambiará el panorama.
FORJA 483.- ¿Esperas la victoria, el fin de la pelea...., y no llega?
-Da gracias al Señor, como si ya hubieras alcanzado esa meta, y ofrécele tus impaciencias: «vir fidelis loquetur victoriam»-la persona fiel cantará la alegría de la victoria.
Amigos de Dios 91.- Cuando un alma se esfuerza por cultivar las virtudes humanas, su corazón está ya muy cerca de Cristo. Y el cristiano percibe que las virtudes teologales -la fe, la esperanza, la caridad-, y todas las otras que trae consigo la gracia de Dios, le impulsan a no descuidar nunca esas cualidades buenas que comparte con tantos hombres.
Las virtudes humanas -insisto- son el fundamento de las sobrenaturales; y éstas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Discite benefacere (Is I,17), aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos correspondientes -hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia-, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios sólo de palabra, sino con obras y de verdad (Ioh III, 18).
Crecer para adentro.- Durante las primeras semanas, les asignaron para dormir un puesto en el comedor de la casa, con otras personas. En esa situación, movido por el deseo de dar alimento espiritual a sus hijos, nuestro Padre optó por dirigirles la meditación algunas veces en el vestíbulo, a horas tempranas, mientras los demás huéspedes aún descansaban. Hablaba, lógicamente, en voz muy baja, para no molestar a nadie. Incluso así, algunos debieron de quejarse, y el cónsul le rogó que dejara de predicar. Hay constancia de este hecho en su epistolario.
¡Vaya!: ya no le permiten, a mi hermano, su tertulia mañanera. Tienen miedo de molestar a los vecinos: sin embargo, yo os aseguro, con frase alambicada, que gritaba hondo, pero no gritaba alto. Paciencia (De san Josemaría, Carta a sus hijos de Valencia). Lo mismo sucedió con la Santa Misa, que al principio celebraba también en el vestíbulo.