-
Matrimonio. Amor humano
Camino 824.- ¿No has visto en qué "pequeñeces" está el amor humano? -Pues también en "pequeñeces" está el Amor divino.
FORJA 540.- En la vida interior, como en el amor humano, es preciso ser perseverante.
Sí, has de meditar muchas veces los mismos argumentos, insistiendo hasta descubrir un nuevo Mediterráneo.
-¿Y cómo no habré visto antes esto así de claro?, te preguntarás sorprendido. -Sencillamente, porque a veces somos como las piedras, que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota.
-Por eso, es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, ¡que no es lo mismo!, para empaparnos de las bendiciones de Dios.
Amigos de Dios 184.- El amor humano, cuando es limpio, me produce un inmenso respeto, una veneración indecible. ¿Cómo no vamos a estimar esos cariños santos, nobles, de nuestros padres, a quienes debemos una gran parte de nuestra amistad con Dios? Yo bendigo ese amor con las dos manos, y cuando me han preguntado que por qué digo con las dos manos, mi respuesta inmediata ha sido: ¡porque no tengo cuatro!
¡Bendito sea el amor humano! Pero a mí el Señor me ha pedido más. Y, esto lo afirma la teología católica, entregarse por amor del Reino de los cielos sólo a Jesús y, por Jesús, a todos los hombres, es algo más sublime que el amor matrimonial, aunque el matrimonio sea un sacramento y sacramentum magnum (Eph V. 32).
Pero, en cualquier caso, cada uno en su sitio, con la vocación que Dios le ha infundido en el alma -soltero, casado, viudo, sacerdote- ha de esforzarse en vivir delicadamente la castidad, que es virtud para todos y de todos exige lucha, delicadeza, primor, reciedumbre, esa finura que sólo se entiende cuando nos colocamos junto al Corazón enamorado de Cristo en la Cruz. No os preocupe si en algún momento sentís la tentación que os acecha. Una cosa es sentir, y otra consentir. La tentación se puede rechazar fácilmente, con la ayuda de Dios. Lo que no conviene de ningún modo es dialogar.
Es Cristo que pasa 115.- No quiero terminar sin una última reflexión. El cristiano, al hacer presente a Cristo entre los hombres, siendo él mismo ipse Christus, no trata sólo de vivir una actitud de amor, sino de dar a conocer el Amor de Dios, a través de ése su amor humano.
Jesús ha concebido toda su vida como una revelación de ese amor: Felipe, respondió a uno de sus discípulos, quien me ve a mí ve también al Padre. Siguiendo esa enseñanza el apóstol Juan invita a los cristianos a que, ya que han conocido el amor de Dios, lo manifiesten con sus obras: Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios; y todo aquel que ama, es hijo de Dios y conoce a Dios.
Quien no tiene este amor no conoce a Dios: puesto que Dios es amor. En esto se demostró el amor de Dios hacia nosotros, en que envió a su Hijo unigénito al mundo, para que por El tengamos la vida. Y en esto consiste su amor, que no es porque nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero a nosotros, y envió a su Hijo a ser víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos, si así nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.