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Infierno
Camino 141.- En tu alma parece que materialmente oyes: "¡ese prejuicio religioso!"... -Y después la defensa elocuente de todas las miserias de nuestra pobre carne caída:"¡sus derechos!".
Cuando esto te suceda di al enemigo que hay ley natural y ley de Dios, ¡y Dios! -Y también infierno.
SURCO 890.- Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios.
FORJA 952.- Un discípulo de Cristo nunca razonará así: "yo procuro ser bueno, y lo demás, si quieren..., que se vayan al infierno".
Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo.
Es Cristo que pasa 67.- Al pasar —dice el Santo Evangelio— vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Jesús que pasa. Con frecuencia me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor. Considerad, en cambio, qué distintos eran entonces los pensamientos de los discípulos. Le preguntan: Maestro, ¿qué pecados son la causa de que éste naciera ciego, los suyos o los de sus padres?
Los falsos juicios
No debemos extrañarnos de que muchos, también gentes que se tienen por cristianas, se comporten de forma parecida: imaginan, antes que nada, el mal. Sin prueba alguna, lo presuponen; y no sólo lo piensan, sino que se atreven a expresarlo en un juicio aventurado, delante de la muchedumbre.
La conducta de los discípulos podría, benévolamente, ser calificada de desaprensiva. En aquella sociedad —como hoy: en esto, poco ha cambiado— había otros, los fariseos, que hacían de esa actitud una norma. Recordad de qué manera Jesucristo los denuncia: vino Juan que no come ni bebe, y dicen: está poseído del demonio. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y murmuran: he aquí un hombre voraz y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores.
Ataques sistemáticos a la fama, denigración de la conducta intachable: esta crítica mordaz y punzante sufrió Jesucristo, y no es raro que algunos reserven el mismo sistema a los que, conscientes de sus lógicas y naturales miserias y errores personales, menudos e inevitables —añadiría— dada la humana debilidad, desean seguir al Maestro. Pero la comprobación de esas realidades no debe llevarnos a justificar tales pecados y delitos —habladurías se les llama, con sospechosa comprensión— contra el buen nombre de nadie. Jesús anuncia que si al padre de familia lo han apodado Belcebú, no es de esperar que se conduzcan mejor con los de su casa; pero aclara también que quien llamare a su hermano fatuo, será reo del fuego del infierno.
¿De dónde nace esta apreciación injusta con los demás? Parece como si algunos tuvieran continuamente puestas unas anteojeras, que les alteran la vista. No estiman, por principio, que sea posible la rectitud o, al menos, la lucha constante por portarse bien. Reciben todo, como reza el antiguo adagio filosófico, según el recipiente: en su previa deformación. Para ellos, hasta lo más recto, refleja —a pesar de todo— una postura torcida que, hipócritamente, adopta apariencia de bondad. Cuando descubren claramente el bien, escribe San Gregorio, escudriñan para examinar si hay además algún mal oculto.