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Servicio
Camino 484.- Sé instrumento: de oro o de acero, de platino o de hierro..., grande o chico, delicado o tosco...
-Todos son útiles: cada uno tiene su misión propia. Como en lo material; ¿quién se atreverá a decir que es menos útil el serrucho del carpintero que las pinzas del cirujano?
-Tu deber es ser instrumento.
SURCO 22.- Me gustaría gritar al oído de tantas y de tantos: no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría.
FORJA 308.- ¿Tú piensas que en la vida se agradece un servicio prestado de mala gana? Evidentemente, no. Y hasta se llega a concluir: sería mejor que no lo hiciera.
¿Y tú consideras que puedes servir a Dios con mala cara? ¡No! -Has de servirle con alegría, a pesar de tus miserias, que ya las quitaremos con la ayuda divina.
Amigos de Dios 234.- Pecaría de ingenuo el que se imaginase que las exigencias de la caridad cristiana se cumplen fácilmente. Muy distinto se demuestra lo que experimentamos en el quehacer habitual de la humanidad y, por desgracia, en el ámbito de la Iglesia. Si el amor no obligara a callar, cada uno contaría largamente de divisiones, de ataques, de injusticias, de murmuraciones, de insidias. Hemos de admitirlo con sencillez, para tratar de poner por nuestra parte el oportuno remedio, que ha de traducirse en un esfuerzo personal por no herir, por no maltratar, por corregir sin dejar hundido a nadie.
No son cosas de hoy. Pocos años después de la Ascensión de Cristo a los cielos, cuando aún andaban de un sitio a otro casi todos los apóstoles, y era general un fervor estupendo de fe y de esperanza, ya empezaban tantos, sin embargo, a descaminarse, a no vivir la caridad del Maestro.
Habiendo entre vosotros celos y discordias -escribe San Pablo a los de Corinto-, ¿no es claro que sois carnales y procedéis como hombres? Porque diciendo uno: yo soy de Pablo, y el otro: yo de Apolo, ¿no estáis mostrando ser aún hombres (1 Cor III. 3-4), que no comprenden que Cristo ha venido a superar todas esas divisiones? ¿Qué es Apolo? ¿Qué es Pablo? Ministros de Aquel en quien habéis creído, y eso según lo que a cada uno ha concedido el Señor (1 Cor III, 4-5).
El Apóstol no rechaza la diversidad: cada uno tiene de Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra (l Cor VII, 7). Pero esas diferencias han de estar al servicio del bien de la Iglesia. Yo me siento movido ahora a pedir al Señor -uníos, si queréis, a esta oración mía- que no permita que en su Iglesia la falta de amor encizañe a las almas. La caridad es la sal del apostolado de los cristianos; si pierde el sabor, ¿cómo podremos presentarnos ante el mundo y explicar, con la cabeza alta, aquí está Cristo?