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Plan de vida
Camino 304.- Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior.
SURCO 739.- Cumples un plan de vida exigente: madrugas, haces oración, frecuentas los Sacramentos, trabajas o estudias mucho, eres sobrio, te mortificas..., ¡pero notas que te falta algo!
Lleva a tu diálogo con Dios esta consideración: como la santidad -la lucha para alcanzarla- es la plenitud de la caridad, has de revisar tu amor a Dios y, por Él, a los demás. Quizá descubrirás entonces, escondidos en tu alma, grandes defectos, contra los que ni siguiera luchabas: no eres buen hijo, buen hermano, buen compañero, buen amigo, buen colega; y, como amas desordenadamente "tu santidad", eres envidioso.
Te "sacrificas" en muchos detalles "personales": por eso estás apegado a tu yo, a tu persona y, en el fondo, no vives para Dios ni para los demás: sólo para ti.
FORJA 410.- Somete a la consideración de tu Director espiritual tu plan de mortificaciones, para que él las modere.
-Pero moderarlas no quiere decir siempre disminuirlas, sino también aumentarlas, si lo considera conveniente. -Y, sea lo que sea, ¡acéptalo!
En diálogo con el Señor, de 3b a 3g.- Las “Normas de piedad”, las “Normas del plan de vida” o simplemente, “las Normas”, designan el conjunto de prácticas de piedad que jalonan la vida de los fieles del Opus Dei, ayudándoles a mantener un continuo diálogo con Dios, en medio de sus quehaceres.
No son cosas que puedan considerarse pequeñeces: son oración constante, diálogo de amor. Una práctica que no te producirá ninguna deformación psicológica, porque para un cristiano debe ser algo tan natural y espontáneo como el latir del corazón.
«como el latir del corazón»: metáfora que el autor usaba a menudo en el contexto de la oración continua y de la vida contemplativa.
Cuando todo eso sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, que no me dejes! Y ese Dios, «manso y humilde de corazón», ¿cómo va a decirte que no?
Yo quiero que toda nuestra vida sea oración: ante lo agradable y lo desagradable, ante el consuelo... y ante el desconsuelo de perder una vida querida. Ante todo, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscando al Señor en el centro de tu alma.
Para eso, hijo, debes tener una disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Varonilmente, has de tener horror, recio horror al pecado grave. Y también la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado.
Dios preside nuestra oración, y tú, hijo mío, estás hablando con El como se habla con un hermano, con un amigo, con un padre: lleno de confianza. Dile: ¡Señor, que eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia, sé que Tú me escuchas! Por eso me enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos ajadas por el polvo del camino. De este modo es gustosa la abnegación, es alegre lo que quizá antes humillaba, y es feliz la vida de entrega. ¡Saberse tan cerca de Dios! Por eso, pase lo que pase, estoy firme, seguro contigo, que eres la roca y la fortaleza