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Urbanidad de la piedad
Camino 541.- Hay una urbanidad en la piedad. - Apréndela. -Dan pena esos hombres "piadosos", que no saben asistir a Misa -aunque la oigan a diario-. ni santiguarse -hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación-, ni hincar la rodilla ante el Sagrario- sus genuflexiones ridículas parecen una burla-, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora.
SURCO 649.- Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente -o al revés-, tu vida interior no es -por decirlo así- cabal.
FORJA 645.- ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!
Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!
-¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.
-No -me contestó-, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa.
Crecer para adentro.- El atolondramiento nace de un defecto que se oculta a nuestros ojos. Esa inconveniencia, esa indiscreción, esa falta de gravedad exterior e interior, que pueden no ser pecado pero que causan en la figura del cristiano, del apóstol, el mismo desastroso efecto que produciría un chafarrinón de chocolate en el vestido resplandeciente de una reina, provienen siempre de lo mismo: de la carencia de atención que nos impide ver nuestras flaquezas. El atolondramiento nos puede llevar, por ejemplo, a faltas de cortesía y de urbanidad con el prójimo. No es simplemente mala educación ese descuido que nos empuja a suprimir, sin necesidad, las formas sociales, las maneras correctas. No es que haya, como solemos decir, que pasarse de fino, como algunas personas que se exceden en cumplidos minuciosos y fastidiosos. Seamos sencillamente correctos, con afabilidad llena de consideración hacia los demás.