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25 noviembre 2027

MODO DE VIVIR: Presencia de Dios en la oración

Presencia de Dios en la oración

Camino 85.- Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice
y a quién. -Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas.
Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque muchos menees los labios.

SURCO 190.- Las vocaciones de apóstol las envía Dios. Pero tú no debes dejar de poner los medios: oración, mortificación, estudio o trabajo, amistad, visión sobrenatural..., ¡vida interior!

FORJA 40.- Así concluía su oración aquel amigo nuestro: «amo la Voluntad de mi Dios: por eso, en completo abandono, que Él me lleve como y por donde quiera».

Es Cristo que pasa 108.- En los tres años sucesivos, Jesús convive con sus discípulos, los conoce, contesta a sus preguntas, resuelve sus dudas. Es sí, el Rabbí, el Maestro que habla con autoridad, el Mesías enviado de Dios. Pero es a la vez asequible, cercano. Un día Jesús se retira en oración; los discípulos se encontraban cerca, quizá mirándole e intentando adivinar sus palabras. Cuando Jesús vuelve, uno de ellos pregunta: Domine, doce nos orare, sicut docuit et Ioannes discipulos suos; enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos. Y Jesús les respondió: Cuando os pongáis a orar, habéis de decir: Padre, sea santificado tu nombre....
Con autoridad de Dios y con cariño de hombre recibe igualmente el Señor a los Apóstoles que, asombrados de los frutos de su primera misión, le comentaban las primicias de su apostolado: Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposaréis un poquito.
Una escena muy similar se repite hacia el final de la estancia de Jesús sobre la tierra, poco antes de la Ascensión. Venida la mañana, se apareció Jesús en la ribera; pero los discípulos no conocieron que fuese El. Y Jesús les dijo: muchachos, ¿tenéis algo que comer? El que ha preguntado como hombre, habla después como Dios: Echad la red a la derecha del barco y encontraréis. Echáronla, pues, y ya no podían sacarla por la multitud de peces que había. Entonces el discípulo aquel a quien Jesús amaba, dijo a Pedro: Es el Señor.
Y Dios les espera en la orilla: Al saltar a tierra, vieron preparadas brasas encendidas y un pez puesto encima y pan. Jesús les dijo: Traed acá de los peces que acabáis de coger. Subió al barco Simón Pedro y sacó a tierra la red, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos, no se rompió la red. Díceles Jesús: Vamos, almorzad. Y ninguno de los que estaban comiendo osaba preguntarle: ¿quién eres?, sabiendo que era el Señor. Acércase Jesús, y toma el pan y se lo distribuye y lo mismo hace con el pez.
Esa delicadeza y cariño la manifiesta Jesús no sólo con un grupo pequeño de discípulos, sino con todos. Con las santas mujeres, con representantes del Sanedrín como Nicodemo y con publicanos como Zaqueo, con enfermos y con sanos, con doctores de la ley y con paganos, con personas individuales y con muchedumbres enteras.
Nos narran los Evangelios que Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza, pero nos cuentan también que tenía amigos queridos y de confianza, deseosos de acogerlo en su casa. Y nos hablan de su compasión por los enfermos, de su dolor por los que ignoran y yerran, de su enfado ante la hipocresía. Jesús llora por la muerte de Lázaro, se aíra con los mercaderes que profanan el templo, deja que se enternezca su corazón ante el dolor de la viuda de Naim.