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Medios para perseverar
Camino 129.- Sin la santa pureza no se puede perseverar en el apostolado.
SURCO 214.- "Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y a su madre y a la mujer y a los hijos y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo".
Cada vez veo más claro, Señor, que los lazos de sangre, si no pasan por tu Corazón amabilísimo, son para unos, motivo permanente de cruz; para otros, origen de tentaciones -más o menos directas- contra la perseverancia; para otros, causa de ineficacia absoluta; y, para todos, lastre que se opone a un entregamiento total.
FORJA 319.- Dios mío, ¡qué fácil es perseverar, sabiendo que Tú eres el Buen Pastor, y nosotros -tú y yo...- ovejas de tu rebaño!
-Porque bien nos consta que el Buen Pastor da su vida entera por cada una de sus ovejas.
Es Cristo que pasa 5.- La concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de los sentidos en general, ni la apetencia sexual, que debe ser ordenada y no es mala de suyo, porque es una noble realidad humana santificable. Ved que, por eso, nunca hablo de impureza, sino de pureza, ya que a todos alcanzan las palabras de Cristo: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.
Al tratar de la virtud de la pureza, suelo añadir el calificativo de santa. La pureza cristiana, la santa pureza, no es el orgulloso sentirse puros, no contaminados. Es saber que tenemos los pies de barro, aunque la gracia de Dios nos libre día a día de las asechanzas del enemigo. Considero una deformación del cristianismo la insistencia de algunos en escribir o predicar casi exclusivamente de esta materia, olvidando otras virtudes que son capitales para el cristiano, y también en general para la convivencia entre los hombres.
La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa.
Decía que la concupiscencia de la carne no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios.
Comportarse así, sería como abandonarse incondicionalmente al imperio de una de esas leyes, la del pecado, contra la que nos previene San Pablo: cuando quiero hacer el bien, encuentro una ley por la que el mal está pegado a mí; de aquí es que me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo que hay otra ley en mis miembros, que resiste a la ley de mi espíritu y me sojuzga a la ley del pecado... Infelix ego homo!, ¡infeliz de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?. Oíd lo que contesta el apóstol: la gracia de Dios, por Jesucristo Señor Nuestro. Podemos y debemos luchar contra la concupiscencia de la carne, porque siempre nos será concedida, si somos humildes, la gracia del Señor.