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23 octubre 2027

MODO DE VIVIR: Comenzar y recomenzar

Comenzar y recomenzar

Camino 292.- Precisamente la vida interior debe ser eso: comenzar... y recomenzar.

FORJA 344.- Para un hijo de Dios, cada jornada ha de ser ocasión de renovarse, con la seguridad de que, ayudado por la gracia, llegará al fin del camino, que es el Amor.
Por eso, si comienzas y recomienzas, vas bien. Si tienes moral de victoria, si luchas, con el auxilio de Dios, ¡vencerás! ¡No hay dificultad que no puedas superar!

Cartas I, 27a.- Quizá os encontraréis a veces —no digo en cosas grandes, pero aunque lo fuera, que no lo será— con que tengáis que vivir en vuestra vida personal la escena de Naín, que nos narra San Lucas: sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Así que la vio el Señor, movido a compasión, le dijo: no llores. Se acercó y tocó el féretro; y los que le llevaban, se pararon. Dijo entonces: muchacho, yo te lo mando, levántate. Inmediatamente se incorporó el difunto, y comenzó a hablar, y Jesús lo entregó a su madre.

Cartas I, 27b.- La vida interior es eso: comenzar y recomenzar. La vida interior consiste en hacer muchos actos de contrición, de amor y de reparación. Quiero ensalzarte; oh Señor; porque me has puesto a salvo y no has alegrado a mis enemigos en mi dolor. Señor, mi Dios, clamé a ti y tú me sanaste. Oh Señor, has sacado mi alma del sepulcro, me has llamado a la vida de entre los que bajan a la fosa. Cantad al Señor, vosotros, sus santos, y ensalzad su santo nombre

En diálogo con el Señor. Comenzar y recomenzar 1b.- Hijos míos: hoy, que empieza el nuevo año litúrgico con un tiempo lleno de afecto hacia el Redentor, es buen día para que nosotros recomencemos. ¿Recomenzar? Sí, recomenzar. Yo -me imagino que tú también- recomienzo cada día, cada hora, cada vez que hago un acto de contrición recomienzo.

En diálogo con el Señor. Comenzar y recomenzar 1c.- «Ad te Domine levavi animam meam: Deus meus, in te confido, non erubescam»; aTi, Señor, levanté mi alma: Dios mío, en Ti confío; no sea yo avergonzado. ¿No es la fortaleza del Opus Dei, esta confianza en el Señor? A lo largo de muchos años, así ha sido nuestra oración, en el momento de la incomprensión, de una incomprensión casi brutal: «Non erubescam!» Pero no somos sólo nosotros los incomprendidos. La incomprensión la padecen todas las personas, físicas y morales. No hay nadie en el mundo que, con razón o sin ella, no diga que es un incomprendido: incomprendido por el pariente, por el amigo, por el vecino, por el colega... Pero si va con rectitud de intención, dirá enseguida:«Ad te levavi animam meam». Y continuará con el salmista: «Etenim universi, qui te exspectant, non confundentur», porque todos los que esperan en Ti, no quedarán confundidos.