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Pereza
Camino 21.- Pretextos. -Nunca fe faltarán para dejar de cumplir tus deberes. ¡Qué abundancia de razonadas sinrazones!
No te detengas a considerarlas. -Recházalas y haz tu obligación.
SURCO 581.- Pena me causó aquel hombre de gobierno. Intuía la existencia de algunos problemas, lógicos por otra parte en la vida..., y se asustó y se molestó cuando se los comunicaron. Prefería desconocerlos, vivir con la media luz o con la penumbra de su visión, para permanecer tranquilo.
Le aconsejé que los afrontara con crudeza y con claridad, precisamente para que dejaran de existir, y le aseguré que entonces si viviría con la verdadera paz.
Tú, no resuelvas los problemas, propios y ajenos, ignorándolos: esto sería comodidad, pereza, abrir la puerta a la acción del diablo.
Crecer para adentro.- ¿Acaso el que obedece no es el que alcanza paz, el que logra dominar su carne, el que conserva desasido su corazón, el que vence al enemigo en todas
las batallas de la soberbia, de la pereza, de la sensualidad, de la tibieza, de la ambición?¿No me habré olvidado alguna vez de los frutos maravillosos de la obediencia? ¿No habré menospreciado estos tesoros de paz, de seguridad, de santidad, en mi conducta habitual?
Porque tú y yo ¿qué hacemos por obedecer? ¿Cómo obedecemos? Me enfrentaré, Dios mío, conmigo mismo. Tú sabes que no deseo buscar excusas; hay dos seres a quienes nunca podría engañar: Tú y yo. Me interesa, al contrario, conocerme como realmente soy, por mucho que me apene y me humille la vista de mi deformidad y de mis miserias.
¡Obedecer! ¿Cómo obedeces? ¡Cuánta rebeldía hay en tu vida, cuánta soberbia en tus actuaciones! ¿Qué impulso es el que te lleva a considerarte indispensable, a ser salsa de todos los guisos? En todas partes se pone tu yo en primer plano. ¡Qué dificultad para aceptar el camino llano, natural, humilde!
¿No es cierto que a menudo rehuyes el sacrificio callado, y buscas el alarde llamativo, el gesto heroico? Pero los motivos que me guían -dices- son grandes y nobles... Sí, pero son como un pabellón que encubre contrabando de egoísmo. ¿No te estarás engañando a ti mismo, sin darte cuenta? Tu gesto tiene un desprendimiento aparente, pero lo cierto es que bajo la bandera del
sacrificio, de la abnegación, hay soberbia, hay egoísmo. El fin es noble; pero no te decides a doblegar tu voluntad, ni apegarte a las observaciones que recibes.
Quizá argumentas: ¿por qué he de ser yo, precisamente yo, el que haya de realizar tal o cual misión? ¿Soy, quizá, necesario a Dios? ¿No podrá pasarse Él sin mí? ¿Ves? Siempre el yo, en todas partes el yo. Mal camino es ése.