-
Humildad, confianza en el perdón
Camino 260.- Tristeza, apabullamiento. No me extraña: es la nube de polvo que levantó tu caída. Pero, ¡basta!: ¿acaso el viento de la gracia no llevó lejos esa nube?
Después, tu tristeza: -si no la rechazas- bien podría ser la envoltura de tu soberbia. -¿Es que te creías perfecto e impecable?
SURCO 145.- Te aconsejo que intentes alguna vez volver... al comienzo de tu "primera conversión", cosa que, si no es hacerse como niños, se le parece mucho: en la vida espiritual, hay que dejarse llevar con entera confianza, sin miedos ni dobleces; hay que hablar con absoluta claridad de lo que se tiene en la cabeza y en el alma.
FORJA 535.- La primera condición de la oración es la perseverancia; la segunda, la humildad.
-Sé santamente tozudo, con confianza. Piensa que el Señor, cuando le pedimos algo importante, quizá quiere la súplica de muchos años. ¡Insiste!..., pero insiste siempre con más confianza.
Amigos de Dios 192.- Yo querría que fuese Jesús quien nos hablara de fe, quien nos diera lecciones de fe. Por eso abriremos el Nuevo Testamento, y viviremos con El algunos pasajes de su vida. Porque no desdeñó enseñar a sus discípulos, poco a poco, para que se entregaran con confianza en el cumplimiento de la Voluntad del Padre. Les adoctrina con palabras y con obras.
Mirad el capítulo noveno de San Juan. Al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿qué pecados son la causa de que éste haya nacido ciego, los suyos, o los de sus padres? (Ioh IX, 1-2). Estos hombres, a pesar de estar tan cerca de Cristo, piensan mal de aquel pobre ciego. Para que no os extrañe si, en el rodar de la vida, cuando servís a la Iglesia, encontráis discípulos del Señor que se comportan de modo semejante con vosotros o con otros. No os importe y, como el ciego, no hagáis caso: abandonaos de verdad en las manos de Cristo; El no ataca, perdona; no condena, absuelve; no observa con despego la enfermedad, sino que aplica el remedio con diligencia divina.
Nuestro Señor escupió en la tierra, formó lodo con la saliva, lo aplicó sobre los ojos del ciego, y le dijo: anda, y lávate en la piscina de Siloé, que significa el Enviado. Fue, pues, el ciego y se lavó allí, y volvió con vista (Ioh IX, 6-7).