-
Director, obra del Espíritu Santo
Nosotros somos piedras, sillares, que se mueven, que sienten, que tienen una libérrima voluntad.
Dios mismo es el cantero que nos quita las esquinas, arreglándonos, modificándonos, según Él desea, a golpe de martillo y de cincel.
No queramos apartarnos, no queramos esquivar su Voluntad, porque, de cualquier modo, no podremos evitar los golpes.
-Sufriremos más e inútilmente. y, en lugar de la piedra pulida y dispuesta para edificar, seremos un montón informe de grava que pisarán las gentes con desprecio. (Camino 756).
Eres extraordinariamente feliz. A veces, cuando te das cuenta de que un hijo de Dios le abandona, sientes -en medio de tu paz y de tu gozo íntimos- un dolor de cariño, una amargura, que ni turba ni inquieta.
-Bien, pero... ¡a poner todos los medios humanos y sobrenaturales para que reaccione..., y a confiar con certidumbre en Jesucristo! Así, las aguas vuelven siempre a su cauce. (Surco 859).
Dirección espiritual. No te opongas a que, con sentido sobrenatural y con santa desvergüenza, revuelvan en tu alma, para comprobar hasta qué punto puedes -¡y quieres!- dar gloria a Dios. (Forja 327).
Al descender a estos consejos, no me baso en situaciones extrañas, anormales o complicadas. Sé de uno que usaba, como registros para los libros, unos papeles en los que escribía algunas jaculatorias que le ayudaran a mantener la presencia de Dios. Y le entró el deseo de conservar con cariño aquel tesoro, hasta que se dio cuenta de que se estaba apegando a aquellos papelajos de nada. ¡Ya veis qué modelo de virtudes! No me importaría manifestaros todas mis miserias, si os sirviese para algo. He tirado un poco de la manta, porque quizá a ti te sucede otro tanto: tus libros, tu ropa, tu mesa, tus... ídolos de quincallería.
En casos como ésos, os recomiendo que consultéis a vuestro director espiritual, sin ánimo pueril ni escrupuloso. A veces bastará como remedio la pequeña mortificación de prescindir del uso de algo por una temporada corta. O, en otro orden, no pasa nada si un día renuncias al medio de transporte que habitualmente empleas, y entregas como limosna la cantidad que ahorras, aunque sea muy poco dinero. De todos modos, si tienes espíritu de desprendimiento, no dejarás de descubrir ocasiones continuas, discretas y eficaces, de ejercitarlo.
Después de abriros mi alma, necesito confesaros también que tengo un apegamiento al que no querría renunciar nunca: el de quereros de verdad a todos vosotros. Lo he aprendido del mejor Maestro, y me gustaría seguir fidelísimamente su ejemplo, amando sin límites a las almas, comenzando por los que me rodean. ¿No os conmueve esa caridad ardiente -¡ese cariño!- de Jesucristo, que utiliza el Evangelista para designar a uno de sus discípulos?: quem diligebat Iesus (Ioh XIII. 23), aquel a quien El amaba. (Amigos de Dios 125).