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Espíritu de penitencia
Camino 5.- Acostúmbrate a decir que no.
SURCO 992.- Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yavé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas.
-Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo.
FORJA 160.- Suplica al Señor su gracia, para purificarte con Amor... y con la penitencia constante.
Amigos de Dios 176.- Jesucristo, Señor Nuestro, a lo largo de su vida terrena, ha sido cubierto de improperios, le han maltratado de todas las maneras posibles. ¿Os acordáis? Propalan que se comporta como un revoltoso y afirman que está endemoniado (Cfr. Mt XI, 18). En otra ocasión interpretan mal las manifestaciones de su Amor infinito, y le tachan de amigo de pecadores (Cfr, Mt IX, ll).
Más tarde, a El, que es la penitencia y la templanza, le echan en cara que frecuenta la mesa de los ricos (Cfr, Lc XIX, 7). También le llaman despectivamente fabri filius (Mt XIII, 55), hijo del trabajador, del carpintero, como si fuera una injuria. Permite que le apostrofen como bebedor y comilón... Deja que le acusen de todo, menos de que no es casto. Les ha tapado la boca en eso, porque quiere que nosotros conservemos ese ejemplo sin sombras: un modelo maravilloso de pureza, de limpieza, de luz, de amor que sabe quemar todo el mundo para purificarlo.
A mí, me gusta referirme a la santa pureza contemplando siempre la conducta de Nuestro Señor. El puso de manifiesto una gran delicadeza en esta virtud. Fijaos en lo que relata San Juan cuando Jesús, fatigatus ex itinere, sedebat sic supra fontem (Ioh IV, 6), cansado del camino, se sentó sobre el brocal del pozo.
Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena: Jesucristo, perfectus. Deus, perfectus homo (Simbolo Quicumque), está fatigado por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino, para buscar algo de comer. Y tiene sed.
Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed. Se ocupaba el Señor en aquella gran obra de caridad, mientras volvían los Apóstoles de la ciudad, y mirabantur quia cum muliere loquebatur (Ioh IV, 27), se pasmaron de que hablara a solas con una mujer. ¡Qué cuidado! ¡Qué amor a la virtud encantadora de la santa pureza, que nos ayuda a ser más fuertes, más recios, más fecundos, más capaces de trabajar por Dios, más capaces de todo lo grande!