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Esperanza, confianza
Camino 669.- Está bien que sirvas a Dios como un hijo, sin paga, generosamente... -Pero no te preocupes si alguna vez piensas en el premio.
SURCO 562.- Creas a tu alrededor un clima artificial, de desconfianza, de sospecha, porque, cuando hablas, causas la impresión de jugar al ajedrez: cada palabra, pensando en la cuarta jugada posterior.
Fíjate que el Evangelio, al relatar la triste figura cautelosa e hipócrita de los escribas y fariseos, refiere que hacían preguntas a Jesús, le exponían cuestiones, «ut caperent eum in sermone» -¡para retorcer sus palabras!
-Huye de ese comportamiento.
FORJA 30.- Pásmate ante la magnanimidad de Dios: se ha hecho Hombre para redimirnos, para que tú y yo -¡que no valemos nada, reconócelo!- le tratemos con confianza.
Amigos de Dios 153.- Jubílate Deo. Exsultate Deo adiutori nostro (Ps LXXX, 2 (Introito de la Misa). Alabad a Dios. Saltad de alegría en el Señor, nuestra única ayuda. Jesús, quien no lo comprenda, no conoce nada de amores, ni de pecados, ¡ni de miserias! Yo soy un pobre hombre, y entiendo de pecados, de amores y de miserias. ¿Sabéis lo que es estar levantado hasta el corazón de Dios? ¿Comprendéis que un alma se enfrente con el Señor, le abra su corazón, le cuente sus quejas? Yo me quejo, por ejemplo, cuando se lleva junto a El a gente de edad temprana, cuando aún podría servirle y amarle muchos años en la tierra; porque no lo entiendo. Pero son gemidos de confianza, pues sé que, si me apartara de los brazos de Dios, tropezaría enseguida. Por eso, inmediatamente, despacio, mientras acepto los designios del Cielo, añado: hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén.
Este es el modo de proceder que nos enseña el Evangelio, la picardía más santa y la fuente de eficacia para el trabajo apostólico; y éste es el manantial de nuestro amor y de nuestra paz de hijos de Dios, y la senda por la que podemos transmitir cariño y serenidad a los hombres, y sólo por esto lograremos acabar en el Amor nuestros días, habiendo santificado nuestro trabajo, y buscando ahí la felicidad escondida de las cosas de Dios. Nos conduciremos con la santa desvergüenza de los niños, y rechazaremos la vergüenza -la hipocresía- de los mayores, que se atemorizan de volver a su Padre, cuando han pasado por el fracaso de una caída.
Termino con el saludo del Señor, que recoge hoy el Santo Evangelio: pax vobis! La paz sea con vosotros... Y llenáronse de gozo los discípulos a la vista del Señor (Ioh XX, 19-20), de ese Señor que nos acompaña al Padre.