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Devociones eucarísticas
¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él cuando por primera vez "baje" a esos vasos eucarísticos. (Camino 438).
¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. -Y amor únicamente con amor se paga.
-¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos? (Surco 686).
El más grande loco que ha habido y habrá es Él. ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se entrega, y a quienes se entrega?
Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan.
-¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los hombres?... ¿Yo mismo? (Forja 824).
El domingo in albis trae a mi memoria una vieja tradición piadosa de mi tierra. En este día, en el que la liturgia invita a desear el alimento espiritual -rationabile, sine dolo lac concupiscite (l Pet II. 2 (Introito de la Misa), apeteced la leche del espíritu y sin mezcla de fraude-, era costumbre entonces que se llevara la Sagrada Comunión a los enfermos -no hacía falta que fuesen casos graves-, para que pudieran cumplir el precepto pascual.
En algunas ciudades grandes, cada parroquia organizaba una procesión eucarística. Recuerdo de mis años de estudiante universitario, que resultaba corriente que se cruzasen, por el Coso de Zaragoza, tres comitivas en las que sólo iban hombres -¡miles de hombres!-, con grandes cirios ardiendo. Gente recia, que acompañaba al Señor Sacramentado, con una fe más grande que aquellos velones que pesaban kilos.
Cuando esta noche me he despertado varias veces, he repetido, como jaculatoria, quasi modo geniti infantes (l Pet II. 2 (Introito de la Misa): como niños recién nacidos... Pensaba que esa invitación de la Iglesia nos viene muy bien a todos los que sentimos la realidad de la filiación divina. Porque nos conviene ser muy recios, muy sólidos, con un temple capaz de influir en el ambiente donde nos encontremos; y, sin embargo, delante de Dios, ¡es tan bueno que nos consideremos hijos pequeños! (Amigos de Dios 142).