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3 diciembre 2026

MODO DE VIVIR: Reparación

Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. -¿Qué importa padecer diez años, veinte, cincuenta..., si luego es el cielo para siempre, para siempre...para siempre?

-Y, sobre todo -mejor que la razón apuntada "propter retributionem"-, ¿qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?.. (Camino 182).

«Cor Mariae perdolentis, miserere nobis!» -invoca al Corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos.

-Y pídele -para cada alma- que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado, y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada. (Surco 258).

Las ansias de reparación que pone tu Padre Dios en tu alma, se verán satisfechas, si unes tu pobre expiación personal a los méritos infinitos de Jesús.

-Rectifica la intención, ama el dolor en Él, con Él y por Él. (Forja 604).

Afán de adoración, ansias de desagravio con sosegada suavidad y con sufrimiento. Se hará vida en vuestra vida la afirmación de Jesús: el que no toma su cruz, y me sigue, no es digno de mi (7 Mt X, 38). Y el Señor se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la cruz juntamente con Cristo (Gal II, 19). Pero este tesoro lo guardamos en vasos de barro frágil y quebradizo, para que se reconozca que la grandeza del poder que se advierte en nosotros es de Dios y no nuestra (2 Cor IV, 7).

Nos descubrimos acosados de toda suerte de tribulaciones, y no por eso perdemos el ánimo; nos hallamos en grandes apuros, no desesperados o sin recursos; somos perseguidos, no desamparados; abatidos, pero no enteramente perdidos: traemos siempre representada en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús (2 Cor IV, 8- l0).

Imaginamos que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos. Sin embargo, es verdadero y práctico nuestro horror al pecado, aunque sea venial. Con la tozudez de la Cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: Señor, socórreme (Mt XV, 25). Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor. (Amigos de Dios 304).