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No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de meterte dentro de cada Sagrario cuando divises los muros o torres de la casas del Señor. -Él te espera.
No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de rezar a María Inmaculada una jaculatoria siquiera cuando pases junto a los lugares donde sabes que se ofende a Cristo. (Camino 269).
Que no falte a diario un "Jesús, te amo" y una comunión espiritual -al menos-, como desagravio por todas las profanaciones y sacrilegios, que sufre Él por estar con nosotros. (Surco 689).
Ama a Dios por los que no le aman: debes hacer carne de tu carne este espíritu de desagravio y de reparación. (Forja 444).
No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por nuestra ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestras almas.
No nos oculta el Señor que esa obediencia rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, Porque el Amor no pide derechos: quiere servir. El ha recorrido primero el camino. Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, morten, autem crucis, hasta la muerte y muerte de cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios y de las almas. He aquí que tú querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios quiso otra cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para identificarse con la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para acomodarse a la tuya. Yo he visto con gozo a muchas almas que se han jugado la vida -como tú, Señor, usque ad mortem-, al cumplir lo que la voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres.
Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos identificaremos con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con mala gracia, sino alegres: porque esa alegría, en el olvido de sí mismo, es la mejor prueba de amor. (Es Cristo que pasa 19).