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25 enero 2027

LA CONVERSION DE SAN PABLO

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

La figura de San Pablo, ejemplo de esperanza. Correspondencia a la gracia

II. Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.

Siempre recordaremos esos instantes en que Jesús, quizá inesperadamente, nos detuvo en nuestro camino para decirnos que se quiere meter de lleno en nuestro corazón. Nunca olvidó San Pablo aquel momento único, cuando tuvo lugar el encuentro personal con Cristo resucitado: en el camino de Damasco…, indica a veces, como si dijera: allí comenzó todo. En otras ocasiones señala que aquél fue el instante decisivo de su existencia. Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció a mí también….

La vida de San Pablo es una llamada a la esperanza, pues «¿quién dirá, cargado con el peso de sus faltas, "Yo no puedo superarme", cuando (...) el perseguidor de los creyentes se transforma en propagador de su doctrina?». Esta misma eficacia sigue operando hoy en los corazones. Pero la voluntad del Señor de sanarnos y convertirnos en apóstoles en el lugar donde trabajamos y donde vivimos necesita nuestra correspondencia; la gracia de Dios es suficiente, pero es necesaria la colaboración del hombre, como en el caso de Pablo, porque el Señor quiere contar con nuestra libertad. Comentando las palabras del Apóstol -no yo, sino la gracia de Dios en mí-, señala San Agustín: «Es decir, no sólo yo, sino Dios conmigo; y por ello, ni la gracia de Dios sola, ni él solo, sino la gracia de Dios con él».

Contar siempre con la gracia nos llevará a no desanimarnos jamás, a pesar de que una y otra vez experimentemos la inclinación al pecado, los defectos que no acaban de desaparecer, las flaquezas e incluso las caídas. El Señor nos llama continuamente a una nueva conversión y hemos de pedir con constancia la gracia de estar siempre comenzando, actitud que lleva a recorrer con paz y alegría el camino que conduce a Dios -afianzados en la filiación divina- y que mantiene siempre la juventud del corazón. Pero es necesario corresponder en esos momentos bien precisos en los que, como San Pablo, le diremos a Jesús: Señor, ¿qué quieres que haga?, ¿en qué debo luchar más?, ¿qué cosas debo cambiar? Jesús se nos hace encontradizo muchas veces; entonces, «es menester sacar fuerzas de nuevo para servir escribe Santa Teresa- y procurar no ser ingratos, porque en esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos los tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a otros».

Señor, ¿qué quieres que haga? Si se lo decimos de corazón como una jaculatoria- muchas veces a lo largo del día, Jesús nos dará luces y nos manifestará esos puntos en los que nuestro amor se ha detenido o no avanza como Dios desea.