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20 enero 2027

TERCER DIA DEL OCTAVARIO. EL DEPOSITO DE LA FE

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

EL DEPOSITO DE LA FE
Exponer la doctrina con claridad


II. La buena nueva que proclama la Iglesia es precisamente fuente de salvación, porque es la misma verdad predicada por Cristo. «Consciente de ello, Pablo quiere confrontar el propio anuncio con el de los otros Apóstoles, para asegurarse de la autenticidad de su predicación (Gal 2, 10), y durante toda la vida no dejó nunca de recomendar la fidelidad a las enseñanzas recibidas, porque nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo (1 Cor 3, 11)».

La verdad que hemos recibido del Señor es una, inmutable, íntegramente conservada en los comienzos y a través de los siglos, y nunca será lícito relativizarla y aceptar de ella lo que parezca conveniente, pues «cualquier atentado a la unidad de la fe es un atentado contra Cristo mismo». Tan profundamente convencido está San Pablo de esta verdad que sus reconvenciones ante las pequeñas facciones que en aquella primera época iban apareciendo son continuas. Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que recibisteis, en el que os mantenéis firmes, y por el cual sois salvados (...), pues os transmití en primer lugar lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que fue visto por Cefas, y después por los Doce. Posteriormente se dejó ver por más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía, y algunos murieron.

El Apóstol anuncia a estos primeros cristianos que la doctrina que han de creer no es una teoría personal de él ni de ningún otro, sino la doctrina común de los Doce, testigos de la vida, muerte y resurrección de Cristo, de quien a su vez la recibieron. El contenido de la fe -en los primeros tiempos y ahora- se halla resumido en el Credo, que tiene su origen en las enseñanzas de Jesús, transmitidas, con la asistencia constante del Espíritu Santo, por los Apóstoles. Este contenido no es una teoría abstracta acerca de Dios, sino la verdad salvadora revelada por el Señor, que tiene consecuencias prácticas y reales en nuestro modo de ser, de pensar, de trabajar, de actuar... Por no ser un convenio humano o una doctrina inventada por hombres, «es absolutamente necesario exponer con claridad toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo enseña el Concilio Vaticano II- como aquel falso irenismo que desvirtúa la pureza de la doctrina católica y oscurece su sentido genuino».

El verdadero objetivo del diálogo ecuménico, y también de todo diálogo apostólico, está, pues, en buscar la comunión más perfecta con la verdad salvadora de Cristo. El progreso en el conocimiento y aceptación de esta verdad necesita la continua asistencia del Espíritu Santo, al que pedimos su luz en estos días, y el estudio y la reflexión para entender y explicar cada vez de modo más claro aquello mismo que nos reveló Jesucristo, y que se encuentra guardado como un tesoro en el seno de la Iglesia Católica. Podemos comprender entonces -afirmaba Pablo VI- por qué Ella, «ayer y hoy, da tanta importancia a la conservación rigurosa de la revelación auténtica, la considera un tesoro inviolable, y tiene una conciencia tan severa de su deber fundamental de defender y transmitir en términos inequívocos la doctrina de la fe; la ortodoxia es su primera preocupación; el magisterio pastoral, su función primaria y providencial (...); y la consigna del apóstol Pablo: depositum custodi(1 Tim 6, 20; 2 Tim 1, 14), constituye para ella un compromiso tal, que sería traición violar.

»La Iglesia maestra no inventa su doctrina; ella es testigo, custodia, intérprete, medio; y en lo que se refiere a las verdades propias del mensaje cristiano, se puede decir que es conservadora, intransigente; y a quien solicita de ella que haga su fe más fácil, más de acuerdo con los gustos de la mudable mentalidad de los tiempos, le responde con los Apóstoles: non possumus, no podemos (Hech 4, 20)» (9). Esta enseñanza nos sirve también en el apostolado personal con aquellos católicos que querrían adecuar la doctrina, a veces exigente, a una situación particular falta de exigencia y de espíritu de sacrificio, consustancial con el seguimiento del Señor.