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19 enero 2027

SEGUNDO DIA DEL OCTAVARIO. UNIDAD INTERNA DE LA IGLESIA

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

UNIDAD INTERNA DE LA IGLESIA
Fomentar lo que une, evitar lo que separa


II. Una garantía cierta del espíritu ecuménico es ese amor con obras por la unidad interna de la Iglesia, porque, «¿cómo se puede pretender que quienes no poseen nuestra fe vengan a la Iglesia Santa, si contemplan el desairado trato mutuo de los que se dicen seguidores de Cristo?»

Este espíritu se manifestará en la caridad con que tratamos a los demás católicos, en el esmero que ponemos en guardar la fe, en la delicada obediencia al Romano Pontífice y a los Obispos, en evitar todo aquello que separa y aleja. «No basta llamarse católicos: es necesario estar efectivamente unidos. Los hijos fieles de la Iglesia deben ser los constructores de la unidad concreta, de su trabazón social (...). Hoy se habla mucho de rehacerla unidad con los hermanos separados, y está bien; ésta es una empresa muy meritoria, a cuyo progreso debemos colaborar todos con humildad, con tenacidad y con confianza. Pero no debemos olvidar -alertaba Pablo VI- el deber de trabajar aún más por la unidad interna de la Iglesia, tan necesaria para su vitalidad espiritual y apostólica».

El Señor nos dejó un distintivo por el que el mundo había de distinguir a sus seguidores, la mutua caridad: en esto conocerán que sois mis discípulos. Y este amor constituye como la argamasa que une fuertemente las piedras vivas del edificio de la Iglesia, en expresión de San Agustín. Y San Pablo exhortaba así a los cristianos de la Iglesia de Galacia: mientras tenemos tiempo, hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe. San Pedro escribe en términos muy parecidos: Honrad a todos, amad a los hermanos, y el Príncipe de los Apóstoles utiliza aquí un término que abarca a todos los que pertenecen a la Iglesia.

Cuando comenzaron las persecuciones, el término hermano adquirió una fuerza conmovedora y entrañable, y la petición por quienes estaban más atribulados se hizo una necesidad urgente; ante las dificultades externas, la unión se hizo más fuerte. También en nuestros días nosotros debemos sentir necesidad de «alimentar aquel sentido de solidaridad, de amistad, de mutua comprensión, de respeto al patrimonio común de doctrina y de costumbres, de obediencia y de univocidad en la fe que debe distinguir al catolicismo; eso es lo que constituye su fuerza y su belleza, lo que demuestra su autenticidad». Si hemos de amar a quienes aún no están plenamente incorporados a la Iglesia, ¿cómo no vamos a querer a quienes están dentro, a los que estamos ligados por tantos lazos sobrenaturales?

El amor a Cristo nos debe llevar a evitar radicalmente todo lo que, aun de lejos, puedan parecer juicios o críticas negativas sobre los hermanos en la fe, y especialmente sobre aquellas personas que por su misión o su condición en la Iglesia están constituidos en autoridad o tienen el deber de vivir con una ejemplaridad específica. Si alguna vez nos encontramos con un mal ejemplo o con una conducta que nos parece equivocada, procuraremos comprender las razones que han llevado a esa persona a una desacertada actuación y la disculparemos, rezaremos por ella y, cuando sea oportuno, le haremos, con delicadeza que no hiere, la corrección fraterna, como nos mandó el Señor. Hemos de pedir a Santa María que jamás se pueda decir de nosotros que, por la murmuración o la crítica, hemos contribuido a dañar esa unidad profunda del Cuerpo Místico de Cristo. «Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios.

»Y cuando no sea posible, ¡calla!: también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación».