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Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
JESUCRISTO FUNDO UNA SOLA IGLESIA
La oración de Jesús por la unidad
II. La solicitud constante de Jesús por la unidad de los suyos se manifestó de una manera particular en la oración de la Ultima Cena, que es, a la vez, como el testamento que nos deja a los discípulos: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros... No sólo ruego por ellos, sino también por los que creerán en Mí por las palabras de ellos, para que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado.
Ut omnes unum sint… La unión con Cristo es causa y condición de la unidad de los cristianos entre sí. Esta unidad es uno de los mayores bienes para toda la humanidad, pues, siendo la Iglesia una y única, aparece como signo ante las naciones para invitar a todos a creer en Jesucristo, el Salvador único de todos los hombres; Ella continúa en el mundo esa misión salvadora de Jesús. El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a los fundamentos del ecumenismo, relaciona la unidad de la Iglesia con su universalidad y con esta misión salvadora.
La unidad de fe y de costumbres es la que motiva la celebración del llamado primer Concilio de Jerusalén, en los comienzos de la Iglesia. Y una buena parte de las Cartas de San Pablo son un llamamiento a la unidad. El cuidado de este bien tan grande es el principal encargo que San Pablo hace a los presbíteros, a sus más íntimos colaboradores, y a quienes le habían de suceder en el pastoreo y sostenimiento de aquellas comunidades. Esta preocupación está siempre presente en todos los Apóstoles.
La doctrina de los Padres de la Iglesia lleva siempre a defender esta unidad querida por Cristo, y consideran la separación del tronco común como el peor de los males. En nuestros días, ante la pretensión de un falso ecumenismo de algunos que consideran todas las confesiones cristianas como igualmente válidas, rechazando la existencia de una Iglesia visible heredera de los Apóstoles y, por tanto, en la que se realiza la voluntad de Cristo, el Concilio Vaticano II declaró para nuestra enseñanza que «una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres».
Porque amamos apasionadamente a la Iglesia nos duele en lo más íntimo del alma este «escándalo para el mundo» que constituyen las divisiones y sus causas. Por eso hemos de pedir y de ofrecer sacrificios, pequeñas mortificaciones en medio del trabajo diario, para atraer la misericordia de Dios, de manera que -superando muchas dificultades- sea cada vez mayor la realidad de esta unión en la única Iglesia de Cristo. En lo que esté de nuestra parte, quitaremos lo que pueda ser obstáculo, aquello que, por no vivir personalmente las exigencias de la vocación cristiana, pudiera ser motivo para que otros se alejen o no se acerquen a la Iglesia; resaltaremos lo que tenemos en común, dado que quizá a lo largo de la historia se ha puesto más de relieve lo que separa que aquello que puede ser motivo de unión. Ésta es la intención y la doctrina del Magisterio, pues «la Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro». Aunque no están en plena comunión con la Iglesia, hay algunos que tienen la Sagrada Escritura como norma de fe y vida, manifiestan un verdadero celo apostólico, han sido bautizados y han recibido otros sacramentos. Algunos poseen el episcopado, celebran la Sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen María. Participan en cierto modo en la Comunión de los Santos y reciben su influjo, y son impulsados por el Espíritu Santo a una vida ejemplar.
El deseo de unión, la oración por todos, nos lleva a ser ejemplares en la caridad. También de nosotros se ha de decir, como de los primeros cristianos: mirad cómo se aman.