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3 enero 2027

NUESTRA FILIACIÓN DIVINA

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

El sentido de la filiación divina define y encauza nuestras relaciones con Dios y con los hombres. Consecuencias

II. «Vino el Hijo enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (Cfr. Ef 1, 4-5. 10)».

El primer fruto de esta restauración obrada por Cristo fue nuestra filiación divina. No sólo restauró la naturaleza caída, sino que nos dio una nueva vida, una vida sobrenatural. Es la mayor gracia recibida: «el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas» .

El sentido de nuestra filiación divina define y encauza nuestra actitud y, por tanto, nuestra oración y nuestra manera de comportarnos en todas las circunstancias. Es un modo de ser y un modo de vivir.

Al vivir con sentido de hijos de Dios aprendemos a tratar a nuestros hermanos los hombres. «Nuestro Señor ha venido a traer la paz, la buena nueva, la vida, a todos los hombres. No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres. No sólo a los sabios, ni sólo a los ingenuos. A todos. A los hermanos, que hermanos somos, pues somos hijos de un mismo Padre Dios. No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros».

El sabernos hijos de Dios nos enseña a comportarnos de modo sereno ante los acontecimientos, por duros que puedan parecernos. Nuestra vida se convierte en un activo abandono de hijos que confían plenamente en la bondad de un Padre a quien, además, están sometidos todos los poderes de la creación. La certeza de que Dios quiere lo mejor para nosotros nos lleva a un abandono sosegado y alegre aun en los momentos más difíciles de nuestra vida. Así escribía Santo Tomás Moro a su hija desde la cárcel: «Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que. sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor». Cuando nos encontremos con un problema o una contradicción, la actitud de un hijo de Dios es la de pedir más ayuda a su Padre del Cielo, y renovar el empeño por ser santo en todas las circunstancias, tancias, también en as que parecen menos favorables.