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Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
El nombre de Jesús. Jaculatorias
II. Terminada la circuncisión de Jesús, sus padres, María y José, repetirían por vez primera el nombre de Jesús, llenos de una inmensa piedad y cariño.
Así hemos de hacer nosotros con frecuencia. In¬vocar su nombre es ser salvos; creer en este nombre es llegar a ser hijos de Dios; orar en este nombre es ser escuchados con toda seguridad: en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá. En el nombre de Jesús se perdonan los pecados y las almas son purificadas y santificadas. Anunciar este nombre constituye la esencia de todo apostolado, pues El «es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones». En Jesús encuentran los hombres aquello que más necesitan y de lo que están sedientos: salvación, paz, alegría, perdón de sus pecados, libertad, comprensión, amistad.
«¡Oh Jesús..., cómo te compadeces de dos que te invocan!
¡Qué bueno eres con quienes te buscan!
¡Qué no serás para quienes te encuentran!... Sólo quien lo ha experimentado puede saber lo que encierra amarte a Ti, ¡oh Jesús!», exclamaba San Bernardo.
Al invocar el nombre del Señor, nos encontra¬remos en algunas ocasiones como aquellos lepro¬sos que, desde lejos, le dicen: Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros. Y el Señor les dice que se acerquen, y los curará enviándolos a los sacerdotes 20. O tendremos que repetirle, porque también nosotros estamos ciegos para tantas cosas, las palabras del ciego de Jericó: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. «¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de’mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!».
Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desa¬parecerán muchos obstáculos y sanaremos de tan¬tas enfermedades del alma, que a menudo nos aquejan.
«Que tu nombre, oh Jesús, esté siempre en el fondo de mi corazón y al alcance de mis manos, a fin de que todos mis afectos y todas mis acciones vayan dirigidas a ti (...). En tu nombre, ¡oh Jesús!, tengo remedio para corregirme de mis malas acciones y para perfeccionar las defectuosas; también, una medicina con que preservar de la corrupción mis afectos o sanarlos, si yá estuvieran corrompidos».
Las jaculatorias harán más vivo el fuego de nuestro amor al Señor, y aumentarán nuestra presencia de Dios a lo largo del día. Otras veces, mirando al Señor, Dios hecho Niño por amor nuestro, le diremos llenos de confianza: Dominus iudex noster, Dominus legifer noster, Dominus rex noster, ipse salvabit nos. Señor, Jesús, en ti confiamos, en ti confío.