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Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
Madre nuestra. Ayudas que nos presta
II. «Nuestra Madre Santísima» es un título que damos frecuentemente a la Virgen, y que nos es es¬pecialmente querido y consolador. Ella es verdaderamente Madre nuestra, porque nos engendra continuamente a la vida sobrenatural.
«Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia».
Esta maternidad de María «perdura sin cesar... hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada».
Jesús nos dio a María como Madre nuestra en el momento en que, clavado en la cruz, dirige a su Madre estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre.
«Así, de un modo nuevo, ha legado su propia Madre al hombre: al hombre, a quien ha transmitido el Evangelio. La ha legado a todo hombre... Desde aquel día toda la Iglesia la tiene como Madre. Y todos los hombres la tienen como Madre. Entienden como dirigidas a cada uno las palabras pronunciadas desde la Cruz».
Jesús nos mira a cada uno: He ahí a tu madre, nos dice. Juan la acogió con cariño y cuidó de Ella con extremada delicadeza, «la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre (Monstra te esse Matrem. Himno litúrgico Ave maris stella)». Al darnos Cristo a su Madre por Madre nuestra, manifiesta el amor a los suyos hasta el fin. Al aceptar la y Virgen al Apóstol Juan como hijo suyo muestra Ella su amor de Madre con todos los hombres.
Ella ha influido de una manera decisiva en nuestra vida. Cada uno tiene su propia experiencia. Mirando hacia atrás vemos su intervención detrás de cada dificultad para sacarnos adelante, el empujón definitivo que nos hizo recomenzar de nuevo. «Cuando me pongo a considerar tantas gracias como he recibido de María Santísima, me parece ser como uno de esos santuarios marianos en cuyas paredes, recubiertas de exvotos, sólo se lee esta inscripción: "Por gracia recibida de María". Así me parece que estoy yo escrito por todas partes: "Por gracia recibida de María”.
»Todo buen pensamiento, toda buena voluntad, todo buen sentimiento de mi corazón: "Por gracia de María”».
Podríamos preguntarnos en esta fiesta de Nuestra Señora si la hemos sabido acoger como San Juan, si le decimos muchas veces, Monstra te esse matrem! ¡Muestra que eres Madre!, demostrando con nuestras obras que deseamos ser buenos hijos suyos.