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27 junio 2026

SANTA MARÍA, EL ATAJO QUE LLEVA A DIOS

SANTA MARÍA, EL ATAJO QUE LLEVA A DIOS

En estos días pasados, leía una vez más aquellas palabras del Apóstol a los de Corinto: conozco un hombre que cree en Jesucristo, y con rapidez inmediata mi pensamiento ha volado a la figura del Fundador del Opus Dei. Me ha parecido, además de lógica, una reacción natural, que no he querido atenuar y que he agradecido al Señor.

Me he acordado entonces de aquel consejo que, para adentrarnos en los caminos que conducen hasta el Señor, con tanta frecuencia nos repetía, porque deseaba que conociéramos siempre más íntimamente a nuestro Dios. Le gustaba que los cristianos, los hijos de Dios, aprendiéramos a participar muy directamente en las escenas evangélicas, fijándonos detenidamente en el Maestro, de una parte, para asimilar a fondo sus enseñanzas; y de otra, contemplando las reacciones de aquellos que eran amigos del Dios hecho Hombre o simples espectadores, para tratarle con aquel afecto que arrancaba los derroches de la misericordia divina.

Y me ha venido también a la cabeza, en una concatenación de ideas, aquel interés del Padre, tan intenso, por imaginarse cómo sería la mirada del Señor, cómo sonaría el tono de su voz, qué franca y contagiosa se abriría su sonrisa, qué amables se plasmarían los gestos de su rostro... Por eso, he considerado que, con la buena lógica de ese mismo consejo, un atajo claro, para llegar a Dios, se nos dibuja con la conducta de este sacerdote tan amigo del Creador, tan íntimo del Salvador. Y me atrevo a sugerir que meditar con profundidad su vida, que sólo sabe de Dios, nos acercará a pasos agigantados a la vida de la gracia.

No pretendo hacer afirmaciones generales, como si por mi condición filial hubiera de dejar escrito que el Padre supo coronar acabadamente bien su tarea. No le hacen falta panegíricos de ningún estilo, porque ya goza íntimamente de Dios y ese tesoro es lo que buscaba. Y tampoco los que somos sus hijos, apoyados en sonidos huecos, podríamos continuar en la tierra la Obra que nuestro Fundador comenzó: la Trinidad Beatísima y la humanidad entera esperan, como sucedió en el camino del Padre, afirmaciones hechas realidad, con fe, con esperanza, con caridad, con piedad, con doctrina; afirmaciones hechas realidad en las circunstancias cotidianas, en las propias del hombre corriente, de la mujer de hoy. Se equivocaría quien viera en estas consideraciones una postura presuntuosa, porque de todos esperan el Cielo y la tierra una conducta coherente a su misión personal.

De poco serviría también que me limitara a decir, en estos párrafos, que el Padre recorrió con paso divino su peregrinación terrena. Si aquí abajo no apeteció glorias humanas, más le sobran —y no es repetición— allá en el Cielo elogios que ya nada añaden a su cercanía, tan próxima, a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, en unión con la Virgen Santísima, con San José y con toda la corte celestial. Sí, el Padre gastó heroicamente sus jornadas, una a una, minuto a minuto, luchando, peleando tenazmente, también contra sí mismo, es decir, amando sin cansancio la amabilísima y justísima Voluntad de Dios para su existencia concreta, aunque en ocasiones el cuerpo se rindiera o se doblara por la fatiga.