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21 febrero 2026

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA

Un corazón orante

Podemos entrar con la imaginación en un día que empieza a clarear. Es una tibia mañana de primavera y el silencio reina aún entre las callejuelas de Nazaret, interrumpido solo esporádicamente por unas pisadas, el trote de un borrico o un diálogo mantenido en voz baja. Como otras mañanas, María se ha despertado temprano. Antes de marchar al pozo a por agua, le gusta reservar unos minutos para dedicarlos a la oración. Así puede elevar su corazón a Yahvé y darle las gracias por el don de un nuevo día. Su meditación fluye como un río, «en cauce manso y ancho», sin ruido de palabras. Repite el Shemá Israel y los salmos del rey David son en muchas ocasiones inspiración para su plegaria.

María sabe que la memoria es un componente esencial de la fe del pueblo elegido. Es constante en la Biblia la exhortación de los escritores sagrados a Israel para que conserve el recuerdo de la providencia divina. Ella había reflexionado en numerosas ocasiones sobre esos textos: «Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo». Acostumbrada como estaba desde niña a conversar con Yahvé en la intimidad de su corazón, consideraba su paternal protección y cómo su designio de salvación se había ido desplegando desde el inicio de los tiempos. En su oración había pedido con insistencia por el advenimiento del Mesías prometido.

A pesar de su juventud, María ha aprendido a hacer silencio para contemplar la presencia divina en su alma. Le gusta ponderar en su corazón los acontecimientos grandes y pequeños, para calibrarlos bajo el prisma de la Providencia. Por eso no sorprende pensar que el ángel Gabriel, cuando se presentó ante ella para hacerle la propuesta más grande que se pueda plantear a una criatura, la encontrase recogida en oración. «No hay mejor forma de rezar que ponerse como María en una actitud de apertura, de corazón abierto a Dios: “Señor, lo que Tú quieras, cuando Tú quieras y como Tú quieras”. Es decir, el corazón abierto a la voluntad de Dios».

La humildad de la llena de gracia

El mensajero divino saluda a María con reverencia y entusiasmo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). El texto sagrado afirma que «ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo» (Lc 1, 29). No sorprende a la Virgen la visita de un ser angélico, pero sí las palabras con las que se dirige a ella: «El mensajero saluda, en efecto, a María como “llena de gracia”; la llama así, como si este fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil: “Miryam” (María), sino con este nombre nuevo: “llena de gracia”». Se le revela el nombre que Yahvé ha pensado para su Madre desde toda la eternidad, el que mejor la describe. Ella, por contraste, ¡se sabe tan pequeña ante la grandeza del Creador! Y es precisamente esta humildad de María la que enamora a Dios y la convierte en objeto de su predilección: «La humildad es el secreto de María. Es la humildad la que atrajo la mirada de Dios hacia ella. El ojo humano busca siempre la grandeza y se deslumbra por lo que es ostentoso. Dios, en cambio, no mira las apariencias, Dios mira el corazón (cfr. 1 Sam 16,7) y le encanta la humildad. La humildad de los corazones le encanta a Dios».

Continúa Gabriel su embajada: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1, 30-33). «Ne timeas, Maria! ¡No temas, María! También hoy podemos considerar como dirigidas a nosotros esas palabras: no tengas miedo. San Juan escribe en su primera carta algo sorprendente: “el que teme no es perfecto en el amor” (1 Jn 4, 17), que san Josemaría traducía así: “el que tiene miedo, no sabe querer” (Forja, n. 260). Señor, nosotros queremos saber quererte, crecer en el amor».

La joven, que ha escuchado desde la infancia la promesa mesiánica, comprende bien las palabras del mensajero celeste. Y a pesar de haber hecho la promesa de entregar a Dios por entero su alma y su cuerpo, descubre en ese momento que ha sido la escogida, entre todas las mujeres de Israel, para convertirse en la madre del Mesías. Como es habitual en ella, pone en juego todos sus talentos para discernir la voluntad divina. Aplica su inteligencia al mensaje recibido, y busca comprender cómo hacer compatible esa petición de Dios con el deseo de ser enteramente para Él que siente en su corazón: «María le dijo al ángel: –¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). No duda de que el plan divino vaya a cumplirse. Siempre ha deseado secundar la voluntad de Yahvé, pero quiere entender de qué manera la providencia resolverá los acontecimientos y cómo puede ella responder con generosidad y adhesión de corazón. «María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres».