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VIRGEN DEL PILAR
Así cabría discurrir por los misterios dolorosos y gloriosos, y lo mismo por la explosión de júbilo y de amor que son las letanías. El que recite el Rosario con perseverancia, con sencillez, desde lo hondo de su alma, saboreará cada día esos distintos y maravillosos descubrimientos de los tesoros de gracia que Nuestro Padre tiene preparados para sus hijos.
Es cuestión de amor, no de un sentimiento superficial que necesite el apoyo de la emoción, aunque no rechacemos el fervor sensible, si Dios quiere dárnoslo. Amar a María significa conocerla, tratarla; tratar a María —ya lo he dicho— es también conocer y tratar a su Hijo, penetrarse de su palabra, cuidar, hasta la fidelidad en los detalles, su enseñanza: la fe de nuestra Santa Iglesia Católica.
Pero no debemos preocuparnos si, al principio, existe sólo el buen empeño de rezar, casi maquinalmente, una pequeña plegaria a Nuestra Señora. Cuando esa oración sincera brota de un corazón que, a pesar de los pesares, no ha olvidado los desvelos maternos, Santa María alienta esa frágil brasa y lleva el alma al deseo de formarse en la doctrina de su Hijo. Aquella corta plegaria — el tenue rescoldo cubierto entre las cenizas— se transforma en fuego que quema las miserias personales, capaz de atraer a otros a la luz de Cristo.
Hay muchas devociones marianas, además del rosario, como son muchos los modos de expresar el cariño a nuestra madre de la tierra; unos hijos lo demuestran con un beso; otros, con el regalo de unas flores; otros, con silencios que confían a los ojos la intensidad del afecto. Cosa análoga ocurre con el amor a nuestra Madre del Cielo: abundan las devociones, y no han de estar todas incorporadas en la piedad de cada cristiano. Pero he de asegurar, al mismo tiempo, que no posee la plenitud de la fe el que no revela de alguna manera su amor a María.
En estas páginas, me dirijo especialmente a los millones de cristianos, repartidos por el mundo entero, que invocan a Santa María con el título de Nuestra Señora del Pilar. Al escribirles sobre esta práctica de piedad a la Santísima Virgen, me invade la impresión de vender miel al colmenero. No me atrevo a dar lecciones, cuando me refiero a un lugar donde tanto he aprendido. No busco prosélitos, sino cómplices: compañeros en la bendita tarea de cantar a la Madre de Dios. Pero tampoco puedo dejar de preveniros ante las circunstancias de estos momentos actuales, cuando en la Santa Madre Iglesia suenan voces confusas — digámoslo con la sinceridad de mi tierra; herejías—, que intentan arrancar la verdad de las inteligencias de los fieles.
Escribí cuando era joven —con una convicción cristalizada quizá en aquellos años de mis diarias visitas al Pilar— que a Jesús se va y se vuelve por María. Con esa misma convicción afirmo que no nos ha de extrañar que, los que no desean que los cristianos vayan a Jesús —o que vuelvan a El, si por desgracia lo han perdido—, empiecen silenciando la unión a Nuestra Señora o sosteniendo, como hijos ingratos, que las tradicionales prácticas de piedad están superadas, que pertenecen a una época que se pierde en la historia. Las almas desgraciadas, que alimentan esa confusión, no perciben que quizá involuntariamente cooperan con el enemigo de nuestra salvación, al no recordar aquella sentencia divina: pondré perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo.