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Por la paz y la familia
CON FRECUENCIA puede ocurrir que no conseguimos rezar y contemplar el rosario como nos gustaría. A las posibles limitaciones de tiempo, se añaden también las normales dificultades de atención. Intentamos considerar las avemarías que componen los misterios, pero la cabeza a veces se dirige a otros asuntos que nos ocupan. Pueden darnos consuelo y ánimo aquellas palabras de san Josemaría: «Procura evitar las distracciones, pero no te preocupes, si, a pesar de todo, sigues distraído. ¿No ves cómo, en la vida natural, hasta los niños más discretos se entretienen y divierten con lo que les rodea, sin atender muchas veces los razonamientos de su padre? Esto no implica falta de amor, ni de respeto: es la miseria y pequeñez propias del hijo».
De este modo, la lucha a la hora de rezar el rosario no se centrará exclusivamente en combatir las distracciones; es más, nos serviremos de ellas precisamente para alimentar nuestra oración y poner en manos de María aquellos pensamientos. Así han hecho los santos a lo largo de la historia: «El rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación –escribía san Juan Pablo II–. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo».
De entre todas las intenciones que pueden ser confiadas al rezo del rosario, en los últimos años los pontífices han señalado especialmente dos. Por un lado, la paz, pues «el rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera». Y, por otro, la familia: «La familia que reza unida, permanece unida (...). Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios». Podemos confiar estas dos intenciones a María: ser familias que transmitan la paz allá donde se encuentren.