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COMO MARÍA, EL CIELO ES NUESTRO DESTINO
«UN GRAN signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). Estas palabras del Apocalipsis, referidas por la Tradición a la Virgen, abren la liturgia de este día. Con la Iglesia todos los cristianos nos alegramos por esta fiesta, en la que celebramos que Dios ha elevado en cuerpo y alma a la gloria del cielo a la madre de su Hijo. Aunque no conocemos los detalles de su marcha al cielo ni existe certeza sobre su muerte, al hilo de las palabras de san Josemaría podemos imaginar que todos los apóstoles rodeaban a María, que se había dormido. El cielo expectante tiene las puertas abiertas de par en par. Los ángeles han preparado un recibimiento entusiasta para agasajar a la señora. «Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. (...) La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la hija, madre y esposa de Dios... Y es tanta la majestad de la señora, que hace preguntar a los ángeles: ¿Quién es esta?».
La Asunción de María levanta nuestra mirada hasta el cielo, verdadero destino de nuestro caminar terreno. Todos los acontecimientos de nuestra vida adquieren otra dimensión cuando los contemplamos bajo esta perspectiva de eternidad. Con el paso de los años, quizá nos hemos dado cuenta de que aquello a lo que tiempo atrás dábamos tanta importancia –una preocupación familiar, una alegría que buscábamos con determinación en el trabajo o en la universidad, una inquietud sobre el futuro–, en realidad no siempre era tan relevante como pensábamos. La fiesta de hoy nos recuerda que, a fin de cuentas, lo verdaderamente decisivo es saber que estamos camino hacia el cielo y llegar. Todo lo demás será más o menos importante en función de cuánto nos ayude a dirigirnos a esa meta. «Ponte en coloquio con santa María, y confíale: ¡oh, señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar… muy alto, ¡muy alto! No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del cielo…, ¡no basta! Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. –Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo… Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora –repíteselo–: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! –Señora, tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el corazón de Dios. –Confía, que ella te escucha».