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21 marzo 2026

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA

La voz de los santos

«¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda sobre la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen bendita, bendita por encima de todo! Por tu bendición queda bendecida toda criatura: no sólo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura.

»Dios entregó a María su propio Hijo, el único igual a Él, a quien engendra en su corazón como amándose a sí mismo. Valiéndose de María, se hizo Dios un Hijo, no distinto, sino el mismo, para que por la unión de las naturalezas fuera uno y el mismo el Hijo de Dios y el Hijo de María. Todo lo que nace es criatura de Dios, y Dios nace de María. Dios creó todas las cosas, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo mediante María; y de este modo volvió a hacer todo lo que había hecho. El que creó todas las cosas de la nada, no quiso restaurar sin María lo que había decaído.

»Dios es, pues, el Padre de las cosas creadas, y María es la Madre de las cosas recreadas. Dios es el Padre de lo que ha sido constituido en el ser, y María es la Madre de todo lo que ha sido restituido al ser. Dios engendró a Aquél por quien todas las cosas han sido hechas; y María dio a luz a Aquél por quien todas las cosas han sido salvadas. Dios engendró a Aquél sin el que nada existe; y María alumbró a Aquél sin el que nada subsiste.

»¡Verdaderamente el Señor es contigo, puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como le debe a Él!»
San Anselmo (siglo XI), Discurso 52

«Oíste, Virgen, el hecho; oíste también el modo: lo uno y lo otro es cosa maravillosa; lo uno y lo otro es agradable. Oíste que concebirás y darás a luz un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo de que se vuelva al Señor que le envió.

»También nosotros, Señora, esperamos esta palabra de misericordia, que nos librará de la muerte a la que nos condenó la divina sentencia. Mira que se pone en tu mano el precio de nuestra salvación: al punto seremos librados, si tú consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y con todo eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Esto te suplica, piadosísima Virgen, el triste Adán, desterrado del Paraíso con toda su miserable posteridad; esto te piden Abrahán, David y todos los santos Padres tuyos, detenidos en la región de la sombra de muerte; esto mismo te suplica el mundo postrado a tus pies. Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salud de todos los hijos de Adán, de todo vuestro linaje.

»Responde, pues, presto al ángel o, mejor dicho, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe otra Palabra; pronuncia la tuya y concibe la divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí, y recibe. Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Creador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay si, tardando en abrirle, pasa de largo y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento».
San Bernardo (siglo XII), Homilía 4 sobre la Anunciación

«Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre —sin confusión— la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios».
San Josemaría Escrivá (siglo XX), Amigos de Dios , n. 274