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La espera de un sí
Prosigue Gabriel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). Y añade un dato sorprendente: «Ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible» (Lc 1, 36-37). El ángel resuelve el interrogante: el fruto del vientre de María será obra del Espíritu Santo. En estas sencillas palabras está contenida la primera revelación de la fe trinitaria en el Nuevo Testamento. Y la Virgen es la primera criatura en prestar asentimiento a esta verdad, que conforma el contenido central del dogma cristiano. Como predicó san Agustín, antes de concebir en su seno, María concibe a Jesús en su corazón: «Cristo es creído y concebido mediante la fe. Primero se realiza la venida de la fe al corazón de la Virgen, y a continuación viene la fecundidad al seno de la madre».
El ángel ofrece una señal a la Señora al hablarle de su prima Isabel, la esposa de Zacarías, sacerdote, que vive en Ain-Karim. También Isabel ha sido alcanzada por una gran gracia divina y está a punto de dar a luz a un hijo, a pesar de ser estéril y haber sobrepasado hace tiempo la edad de ser madre. María comprende que Isabel, además de necesitar su ayuda en el tramo final de su embarazo, es la confidente ideal con la que compartir la maravilla que Yahvé está a punto de obrar en sus entrañas y en su vida.
A continuación se hace el silencio. Son apenas unos segundos, pero parece como si el tiempo y la eternidad se entremezclaran en esa pequeña habitación, sobrepasando los límites de lo posible. De los labios de María pende toda la historia de la salvación, la redención de millones de almas, desde Adán hasta el último hombre que pise esta tierra. El ángel aguarda expectante a que preste su consentimiento. María cierra un instante los ojos y se recoge en oración. Ahora comprende cómo los acontecimientos de su breve existencia se han encaminado hacia aquel momento y todas las piezas de su vida, cada talento y gracia recibidos, e incluso el dolor, cobran un sentido nuevo al escuchar esta propuesta divina. Sabe que no será fácil, piensa en José y también intuye que muchos malentenderán su situación, pero tiene bien comprobado que Dios es capaz de resolver cada prueba u obstáculo, como hizo con su pueblo durante la travesía por el desierto del Sinaí, cuando dividió las aguas del mar Rojo. No se siente digna de un don tan inmenso, pero se alegra de comprobar una vez más cómo el Señor tiene predilección por los anawin, por los más pequeños. «Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación».
Si no hubieras abierto…
María de Nazaret alza la mirada y fija sus ojos en Gabriel, mientras una sonrisa se dibuja en sus labios. La sorpresa, la ternura y un sutil gesto de emoción asoman a su semblante, mientras responde: «¡Yo soy la esclava del Señor! Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). «Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne». María ha dicho que sí y, aunque en apariencia nada ha cambiado, desde ese instante el Hijo del Altísimo ha sido concebido en su seno. «En ese momento se produce el grandísimo milagro: Dios se hace hombre». El cielo estalla en una fiesta. Y es tanta la felicidad y la premura de Gabriel, que parece marcharse sin despedirse: «Y la dejó el ángel» (Lc 1, 38).
Esta escena nos revela el amor inmenso de Dios por sus criaturas, pero también cómo Él cuenta con la correspondencia humana para llevar a cabo su plan de salvación. María nos hace ver hasta qué punto Dios ama y respeta la libertad del hombre y desea su cooperación para que la redención siga realizándose en todas las almas. «También en ti, oh María, se manifiesta hoy, la fortaleza y la libertad del hombre. Después de la deliberación de tan gran designio fue enviado a ti el ángel y te anuncia el mensaje de la divina decisión, pidiendo tu consentimiento; y el Hijo de Dios no baja a tu seno antes de que tú dieras el consentimiento de tu voluntad. Estaba esperando a las puertas de tu voluntad para que abrieras al que quería venir a ti; nunca hubiera entrado mientras tú no abrieras la puerta al decir: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Golpeaba a tu puerta, oh María, la eterna Deidad, pero si no hubieras abierto las puertas de tu voluntad, Dios no hubiera tomado carne humana».
Nuestro agradecimiento a la santísima Virgen por haber dicho que sí a la llamada de Dios nunca será suficiente. En Es Cristo que pasa, reflexionando sobre «la realidad del cariño de tantos cristianos a la Madre de Jesús», comenta san Josemaría: «He pensado siempre que ese cariño es una correspondencia de amor, una muestra de agradecimiento filial. Porque María está muy unida a esa manifestación máxima del amor de Dios: la encarnación del Verbo».