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6 septiembre 2027

CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA. El triunfo de un fracaso

CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA (3 de 4)
El triunfo de un fracaso
Gaspar Brahm

«Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5,4). Seguramente en un principio Pedro habrá escuchado las palabras de Jesús con cierto escepticismo. Todavía no había terminado de limpiar las redes, tenía que encontrar una solución a su quizá precaria situación económica y sus ojos se le cerraban por el cansancio. Además, sus compañeros le hacían señas desde la orilla, un tanto sorprendidos de que haya permitido convertir su herramienta de trabajo en el escenario desde el que predicar un sermón. Sin embargo, alguna palabra debió de cautivar al curtido pescador. Esto podría explicar su respuesta: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes» (Lc 5,5).

Pedro estaba agotado. Todo el trabajo de una noche había sido en vano. Pero después de haber oído hablar del amor de Dios y de su Reino, ¿por qué no iba a intentar lo que parecía imposible?

Probablemente él mismo sería el primer sorprendido al pronunciar esta respuesta que surgía de lo más profundo de su corazón. «Jesús era carpintero, no experto en pesca, y a pesar de ello Simón el pescador se fía de este Rabino, que no le da respuestas sino que lo invita a fiarse de él». Hasta entonces siempre había surcado las aguas basándose en su propia experiencia. Ahora había decidido remar por las corrientes del mundo sostenido por una palabra divina. Y no quedaría decepcionado.

Fue tal la cantidad de peces que capturaron «que las redes se rompían» (Lc 5,6). La jornada, que hace un momento parecía llegar a su fin sin más frutos que unas redes vacías y el sabor amargo de un trabajo estéril, se transformó de pronto en una aventura llena de vida. Pedro y sus compañeros se vieron obligados a pedir ayuda urgente a los pescadores de la otra barca, que contemplaban atónitos cómo la sola presencia del maestro de Nazaret había cambiado radicalmente el desenlace de la pesca. No se lo hubieran imaginado. Pero la necesidad del momento no les permitía perderse en largas disquisiciones, porque tenían que salvar como fuera posible tan valioso botín. «Y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían» (Lc 5,7). Si pocos segundos antes habían temido naufragar en la oscura frustración del fracaso, ahora les parecía casi imposible no sucumbir ante el peso de un triunfo tan arrollador debido a la pesca obtenida. Aunque, sobre todo, sentían el poder de Dios. Estaban convencidos de haber sido testigos de un gran milagro. El asombro se dibujaba en sus rostros y posiblemente paralizaba los miembros de su cuerpo. De pronto se habían dado cuenta de que «es Cristo el amo de la barca; es él el que prepara la faena: para eso ha venido al mundo, para ocuparse de que sus hermanos encuentren el camino de la gloria y del amor al Padre».