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5 septiembre 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Apóstoles en medio del mundo. Sentido de misión

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (6 de 6)
Apóstoles en medio del mundo. Sentido de misión
Lucas Buch

En todo esto, conviene no perder de vista que la auténtica fuerza, el dinamismo que nos lleva a salir de nosotros mismos para servir a los demás «no es una estrategia, sino la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada». En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu», y por eso precisamente, «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente». Los fieles del Opus Dei le invocamos a diario en la Santa Misa, en algunas oraciones vocales como el Santo Rosario o las Preces de la Obra. En ocasiones, nos ayudará acudir también a alguna oración dirigida especialmente a Él, como la secuencia de Pentecostés, el himno Veni Creator Spiritus, o tantas otras oraciones que a lo largo de los siglos se le han dedicado. En todas ellas le pedimos que venga, que nos transforme, que nos llene del Amor y la fuerza que movieron al Señor. Le pediremos entonces: «Espíritu de amor, creador y santificador de las almas, cuya primera obra es transformarnos hasta asemejarnos a Jesús, ayúdame a parecerme a Jesús, a pensar como Jesús, a hablar como Jesús, a amar como Jesús, a sufrir como Jesús, a actuar en todo como Jesús».

Así, el impulso transformador del Espíritu Santo nos dará un corazón encendido como el de Jesucristo, y la misión apostólica se convertirá en la sangre que moverá nuestro corazón. Poco a poco, como señalaba san Josemaría en el texto que se ha citado más arriba, tomará forma para nosotros en «una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio». Si nos dejamos llevar por el Amor de Dios, si permanecemos atentos a sus inspiraciones y hacemos caso a esos pequeños gestos que Él nos indica, el apostolado se convierte en el oficio que constituye nuestra propia identidad. No necesitaremos proponérnoslo, y tampoco precisaremos estar en un lugar o en un contexto determinados para actuar como apóstoles. Del mismo modo que alguien es médico (y no solo hace de médico), y no deja de serlo en ningún lugar o circunstancia (en un autobús donde se marea una persona, durante las vacaciones, entre semana y en fin de semana, etc.), nosotros somos apóstoles en todo lugar y circunstancia. En el fondo, se trata de algo tan sencillo como ser lo que ya somos: «los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Lo principal es que permanezcamos abiertos a la acción del Paráclito, atentos para «reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo» y que constituye la realización de nuestra propia vida.