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AGRADAR A DIOS
Una alianza anhelada
Diego Zalbidea
«No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres, sino abrazando nuestra condición de hijos» y, por lo tanto, de hermanos. Puede que el pequeño saliera a buscar a su hermano. Quizá el mayor cedió, entró y terminó abrazando al pequeño, a quien seguramente no había dejado de querer. La felicidad no sería completa si la reconciliación con el padre no implicara también el perdón por los agravios, reales o imaginarios, entre hermanos. Por ahí va uno de los anhelos del Papa: «Últimamente llevo en el corazón un pensamiento. Siento que esto es lo que el Señor quiere que yo diga: que se haga una alianza entre jóvenes y mayores».
Al menor le costaría comprender el valor de la perseverancia de su hermano: años y años cumpliendo con su obligación. Al mayor se le hacía incomprensible la insensatez del pequeño. Les pasaba exactamente lo contrario que a su padre, que no entendía la vida sin sus hijos. Le hacían falta ambos, cada uno con su forma de ser y de querer. Si hubieran alcanzado a mirarse entre ellos con los ojos paternos, se habrían sentido contemplados de otra forma, porque en esa mirada no caben los juicios ni los reproches. Quizá, con el tiempo, las algarrobas de los cerdos llegarían a ser motivo de bromas familiares. Tal vez el padre organizaría poco después un banquete sorpresa para su hijo mayor y sus amigos, sin más motivo que demostrarle su cariño, e incluso el pequeño ayudaría a prepararlo.
En todo caso, ninguno de los dos acertaría a ser feliz hasta encontrarse verdaderamente con su padre y comprender a su hermano. El joven se había centrado en acaparar amor; el mayor, en cumplir con su parte del trabajo. Ninguna de las dos actitudes es valiosa por sí sola. Cumplir sin amor cansa y desgasta, hasta que al final se rompe la cuerda. Y querer ser amado sin corresponder es imposible: también así acaba rompiéndose la cuerda. Por eso, el padre les enseña a integrar fidelidad y amor. ¡Pueden aprender tanto el uno del otro! Junto a su padre pueden aprender a hacer las cosas por amor, libremente, porque les da la gana. Como Cristo, verdadero hermano mayor de todos: «No ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en la Cruz».
Los dos hermanos se necesitan. Separados naufragan en la amargura, y su padre sufre. Juntos lo hacen muy feliz. El joven tiene toda la fuerza y el ímpetu de sus deseos de recibir cariño; estrena el amor. «Recuerdo —decía san Josemaría— que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son». El mayor, por su parte, ha luchado muchas batallas. Su hermano le agradece quizá que le haya cubierto las espaldas y que no haya dejado nunca solo el hogar. Y si al principio no es capaz de alegrarse de su regreso, su corazón… ¿rechazará la petición de su padre?
La fuerza para sobrepasar la mezquindad de nuestro corazón podemos obtenerla del banquete en el que aprendemos de verdad a ser hijos: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros». En Cristo, Hijo único del Padre, uno y otro son capaces de portarse como hijos y, por tanto, como hermanos. Participando juntos en el banquete del ternero cebado, se calzan las sandalias nuevas para recorrer el mundo entero, se visten la túnica limpia que huele a casa y se ponen el anillo de la fidelidad de su padre. Entonces empieza la fiesta en la que no dejarán de cantar ya nunca alabanzas a un padre que los cuida y los comprende.
Es verdad: la madre no aparece en este relato de familia. Y sin embargo, qué duda cabe: en los recodos del camino a casa que es nuestra vida tenemos siempre a María. Ella fija nuestra mirada en el amor del Padre y nos susurra al oído: «Mira cómo te quiere Dios».