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AGRADAR A DIOS
La alegría paterna de tenerlos cerca
Diego Zalbidea
Atrapados en sus seguridades, estos dos hermanos eran incapaces de atisbar siquiera lo que ocurría a muy poca distancia, en el corazón de su padre. Cada uno a su modo, habían convertido el trato diario con él en una cosa más a hacer. Así nos puede suceder a nosotros: tenemos tantas actividades cada día, la mayoría buenas, que podemos agotar nuestra energía en ellas. Incluso los momentos en los que querríamos dialogar con Dios pueden convertirse simplemente en una tarea más. Como el hermano pequeño, al que posiblemente le costaba mucho esa rutina; él necesitaba algo más intenso y sensible. O como el mayor, que convivía serenamente con su padre, pero no disfrutaba de su compañía. La crisis, latente, se desencadenará con el regreso del pequeño. Ese es el momento en que uno y otro muestran sus cartas. En efecto, mientras que el pequeño no se atreve a pedir nada más que volver como jornalero, aunque fuera el último, descubrimos que el mayor no se sentía bien pagado. El padre se queda desarmado: es verdad que el pequeño no ha reunido méritos para una fiesta así. Pero él creía tener más cerca al mayor: creía que lo tenía de su parte, y que también iba a alegrarse por el regreso de su hermano.
Volver a la casa paterna, desde lejos o desde cerca, es romper nuestra burbuja y mirar cómo se conmueve el Señor. Descubrimos entonces que, más que una tarea, la relación con nuestro Padre Dios es un don. «Corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20); «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). El padre se siente orgulloso de sus hijos, aunque no le hayan dado motivos para estarlo. En las palabras de cada uno que nos trae la parábola vemos solamente lo que ellos hacen, sienten o piensan. En las palabras del padre, al contrario, se plasma la alegría de tenerlos cerca.