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AGRADAR A DIOS
La preocupación por merecer amor
Diego Zalbidea
San Pablo dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, con tal de hacernos posible la felicidad para siempre (cfr. Rm 8,32). ¿Por qué nos cuesta tanto comprender su lógica? ¿Jesús no se ciñó la toalla ante los apóstoles para limpiarles los pies? Él ha querido amarnos con el amor más grande, hasta el extremo. Y nosotros continuamos pensando que nos amará en la medida en que «estemos a la altura», o seamos capaces de «dar la talla». Sin embargo, ¿necesita un niño pequeño hacerse «merecedor» del amor de sus padres?
¿No es más bien una secreta complacencia con nosotros mismos lo que hay detrás de tanta preocupación por «merecer»? Nos puede la inseguridad, la necesidad de buscar puntos de referencia estables, fijos… y pretendemos encontrarlos en nuestras obras, en nuestras ideas, en nuestra percepción de la realidad.
En cambio, nos basta mirar a Dios, Padre nuestro, y descansar en su amor. En el bautismo de Jesús y en su transfiguración, oímos la voz de Dios Padre, complacido en su Hijo. Nosotros también hemos sido bautizados y, por su pasión y su resurrección, formamos parte de su vida. Como a Jesús, Dios Padre nos mira complacido, encantado. Por eso nos lo entregó: porque veía en nosotros al Hijo. Y por eso se nos entrega en la Eucaristía, ese mensaje tan claro sobre lo que Dios siente por nosotros: tiene hambre de estar junto a cada uno, ilusión por esperarnos el tiempo que sea preciso, deseos de intimidad y amor correspondido.
Lucha de alma enamorada
Descubrir el amor que Dios nos tiene es el motivo más grande para amar. De igual modo, «la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más». No es este un principio abstracto. Lo vemos realizado en ejemplos como el del endemoniado de Gerasa, que, tras ser liberado por Jesús y ver cómo sus connacionales rechazaban al maestro, «le suplicaba quedarse con él» (Mc 5,18). Lo vemos también en Bartimeo: tras ser curado de su ceguera, «le seguía por el camino» (Mc 10,52). Lo vemos finalmente en Pedro: solo una vez ha descubierto la hondura del amor de Jesús, que le perdona y confía en él a pesar de su cobardía, puede seguir su llamada: «Sígueme» (Jn 21,19). El descubrimiento del amor de Dios es el motor más potente para nuestra vida cristiana. De ahí nace nuestra lucha.
San Josemaría nos animaba a considerar esto desde la perspectiva de nuestra filiación divina: «Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios?». La presencia de Dios no llena de temor a sus hijos. Ni siquiera cuando caen. Sencillamente, porque él mismo ha querido decirnos del modo más claro posible que, también cuando caemos, nos está esperando. Como el padre de la parábola, está deseoso de venir a nuestro encuentro en cuanto le dejemos, y echarse a nuestro cuello y llenarnos de besos (cfr. Lc 15,20).
Ante el posible temor a contristar a Dios, podemos preguntarnos: este temor ¿me une a Dios, me hace pensar más en él, o me centra en mí, en mis expectativas, en mi lucha, en mis logros? ¿Me lleva a pedir perdón a Dios en la Confesión, y llenarme de gozo al saber que me perdona, o me conduce a la desesperanza? ¿Me sirve para recomenzar con alegría, o me encierra en mi tristeza, en mis sentimientos de impotencia, en la frustración que nace de una lucha basada en mis fuerzas… y en los resultados que consigo?