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14 septiembre 2027

ORAR DESDE LA PALABRA DE DIOS. Bajo el soplo del Espíritu Santo

ORAR DESDE LA PALABRA DE DIOS (5 de 5)
Bajo el soplo del Espíritu Santo
Nicolás Álvarez de las Asturias

Todos hemos aprendido estudiando textos escritos. Por eso podemos entender que las palabras del padrenuestro, de los salmos o de otras oraciones de la Iglesia son las que nos han educado en nuestro trato con Dios, aunque hasta ahora no lo hubiéramos pensado así. Sin embargo, la Palabra de Dios tiene una característica propia: está viva y, por eso, puede aportar novedades insospechadas. La carta a los Hebreos nos recuerda que «la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).

Por eso, las mismas palabras, consideradas una y otra vez, no suenan siempre de la misma manera. Algunas veces se abren horizontes nuevos ante nuestros ojos, sin que sepamos explicar muy bien por qué: es la acción del Espíritu Santo que habla a nuestro interior. Lo explicaba, con precisión, san Agustín: «El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro (…). ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia».

Se percibe así la estrecha relación entre el Espíritu Santo, la palabra inspirada y nuestra vida de oración. Con razón la Iglesia lo invoca como el «Maestro interior», que educa nuestro corazón con las palabras que el mismo Jesús nos enseñó, haciéndonos descubrir en ellas horizontes siempre nuevos, para conocer mejor a Dios y así amarlo cada día más.

«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). La oración de nuestra Madre se nutría de su propia vida y de la meditación asidua de la Palabra de Dios; allí encontraba luz para ver con más profundidad las cosas que la rodeaban. En su cántico de alabanza, el Magnificat, percibimos hasta qué punto la Sagrada Escritura era el alimento constante de su oración. El Magnificat está entretejido de referencias a los salmos y a otras palabras de la Sagrada Escritura como el «cántico de Ana» (cfr. 1 S 2,1−11) o la visión de Isaías (cfr. Is 29,19−20), entre otros. Con ese alimento preparaba el Espíritu Santo su sí incondicional a la embajada del ángel. A ella nos encomendamos para que también nosotros dejemos que la palabra divina eduque nuestro corazón y nos haga capaces de responder fiat! —¡hágase! ¡quiero!— a tantos planes que Dios tiene para nuestra vida.