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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (2 de 6)
La actualidad de la llamada
Lucas Buch
Quizá nos parece que entre nosotros y aquellos primeros cristianos hay un abismo, que ellos poseían un grado de santidad que jamás podremos alcanzar, que la cercanía física con Jesucristo (o al menos con alguno de los Doce) les hizo poco menos que impecables y les llenó de un encendimiento que nada ni nadie podía apagar. En realidad, basta abrir el Evangelio para darnos cuenta de que no es así.
Muchas veces los apóstoles se presentan como hombres con miserias: tanto como nosotros. Por otra parte, no tienen una especial preparación intelectual. Jesús envía a los primeros setenta y dos cuando llevan apenas unas pocas semanas con Él… (cfr. Lc 10,1 - 12). Sin embargo, los fieles de la primera Iglesia tienen muy clara una cosa: que Jesucristo, el Señor, ha muerto y ha resucitado por cada uno de ellos, que les ha entregado el Don del Espíritu Santo y que con ellos cuenta para que esa salvación llegue al mundo entero. No es cuestión de preparación, ni de tener unas condiciones excepcionales para el apostolado; se trata sencillamente de acoger la llamada de Cristo, de abrirse a su don y de corresponder con la propia vida. Tal vez por eso el Papa Francisco ha querido recordarnos, con palabras de san Pablo, que «a cada uno de nosotros el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4)»1.
La Iglesia de todos los tiempos es consciente de haber recibido de Cristo una llamada y, con ella, una tarea; es más, ella misma es esa llamada y es esa tarea: la Iglesia «es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre». No se trata de un hermoso deseo, o de una empresa humana, sino que su «misión continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo». En otras palabras, la Iglesia —y, en ella, cada uno de sus fieles— es continuación de la misión de Cristo, que fue enviado a la tierra para hacer presente y llevar a consumación el Amor de Dios por sus criaturas. Y eso es posible porque el Señor le envió —y nos envía— al Espíritu Santo, que es el principio de ese mismo Amor.
Así pues, también nosotros somos fruto de una llamada, y nuestra vida consiste en una tarea en el mundo y para el mundo. Nuestra vida espiritual y la idea que tenemos del apostolado cambian cuando las consideramos en esta perspectiva. El Señor nos ha buscado y nos envía al mundo para compartir con todos la salvación que hemos recibido.
«“Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti». A mí: a cada una y a cada uno. En la presencia de Dios, podemos considerar: «Soy cristiano porque Dios me ha llamado y me ha enviado…». Y desde el fondo del corazón, movidos por la fuerza de su Espíritu, contestaremos con las palabras del Salmo:
«¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9).