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MORTIFICACIÓN POR AMOR (3 de 3)
San Josemaría
En las cosas pequeñas
Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás. Camino, 179
Si han sido testigos de tus debilidades y miserias, ¿qué importa que lo sean de tu penitencia? Camino, 197
¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! —Piensa, entonces, qué es lo más heroico. Camino, 204
Jesús llegó a la Cruz, después de prepararse durante treinta y tres años, ¡toda su Vida! —Sus discípulos, si de veras desean imitarle, deben convertir su existencia en corredención de Amor, con la propia negación, activa y pasiva. Surco, 255
La mortificación es el puente levadizo, que nos facilita la entrada en el castillo de la oración. Surco, 467
Si la palabra amor sale muchas veces de la boca, sin estar respaldada con pequeños sacrificios, llega a cansar. Surco, 979
El espíritu de mortificación, más que como una manifestación de Amor, brota como una de sus consecuencias. Si fallas en esas pequeñas pruebas, reconócelo, flaquea tu amor al Amor. Surco, 981
¿No has contrariado, alguna vez, en algo, tus gustos, tus caprichos? —Mira que Quien te lo pide está enclavado en una Cruz —sufriendo en todos sus sentidos y potencias—, y una corona de espinas cubre su cabeza... por ti. Surco, 989
Cuidar las cosas pequeñas supone una mortificación constante, camino para hacer más agradable la vida a los demás. Surco, 991
La vocación cristiana es vocación de sacrificio, de penitencia, de expiación. Hemos de reparar por nuestros pecados —¡en cuántas ocasiones habremos vuelto la cara, para no ver a Dios!— y por todos los pecados de los hombres. Hemos de seguir de cerca las pisadas de Cristo: traemos siempre en nuestro cuerpo la mortificación, la abnegación de Cristo, su abatimiento en la Cruz,para que también en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús. Nuestro camino es de inmolación y, en esta renuncia, encontraremos el gaudium cum pace, la alegría y la paz. Es Cristo que pasa, 9
La mortificación es la sal de nuestra vida. Y la mejor mortificación es la que combate —en pequeños detalles, durante todo el día—, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos. Es Cristo que pasa, 9