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TANTAS PERSONAS, TANTAS FORMAS DE REZAR (3 de 4)
Infinitas maneras de orar
Diego Zalbidea
En uno de los encuentros que tuvo en México, san Josemaría contaba que años atrás un hijo suyo, filósofo de profesión, había recibido inesperadamente el encargo de ocuparse de las empresas de su familia: «Cuando me habló de negocios me quedé mirándole, me eché a reír y le dije: ¿Negocios? El dinero que tú ganes me lo pones aquí, en el hueco de mi mano, que me sobra sitio». Pasaron los años, y al volver a encontrarse con él le dijo: «Aquí está mi mano. ¿No te dije que lo que ganaras me lo pusieras aquí? Y él se levantó y, ante la expectación de todos, me besó la palma de la mano. Y dijo: ya está. Le di un abrazo y le contesté: me has pagado de sobra. ¡Anda, ladrón, que Dios te bendiga!».
En la oración bien podemos poner un beso en la mano de Dios; entregarle nuestro cariño, como único tesoro, ya que no tenemos otra cosa. A algunas personas les bastará un gesto como este, dirigido al Señor, para encenderse en una oración de afectos y propósitos. Les parecerá mucho más expresiva una mirada que mil palabras. Querrían tocar todo lo que se refiere a Dios. Disfrutarían sintiendo la brisa de la orilla del mar de Galilea. A través de los sentidos, el Señor les llena el corazón de paz y de alegría. Y ese gozo, naturalmente, necesita ser compartido. La misión apostólica se convierte entonces en abrir los brazos como Cristo para abrazar el mundo entero y salvarlo junto con él.
Pero esa es solo una de las infinitas formas de orar, que son tantas como personas, y tantas como momentos puede atravesar nuestra alma. Otros, por ejemplo, buscan sencillamente escuchar algunas palabras de consuelo. Jesús no escatima palabras de admiración para quien las necesita: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47). Nos las dirá si abrimos nuestro corazón. Nadie ha pronunciado palabras de amor como las suyas. Y nadie las ha dicho con tanta gracia y con tanta verdad. Cuando las escuchamos, el amor que recibimos se cuela en nuestra mirada. Aprendemos así a mirar con Dios. Vislumbramos, de esta manera, lo que cada amigo o amiga sería capaz de hacer si se dejara acompañar por la gracia.
Hay también personas que disfrutan sirviendo a los demás, como Marta, la amiga del Señor que vivía en Betania. Cuando el Evangelio nos cuenta que Jesús estuvo de visita allí, vemos que no indicó a Marta que se sentara, sino que la invitó a descubrir lo único necesario (cfr. Lc 10,42) en medio de lo que hacía. A personas parecidas a Marta probablemente les conforta pensar, mientras oran, que Dios actúa a través de ellas para llevar a muchas almas al cielo. Les gusta llenar su oración con rostros y nombres de personas concretas. Necesitan percibir que sirven a los demás con todo lo que hacen. De hecho, si María pudo escoger «la mejor parte» es justamente porque Marta servía; a esta última le bastaba saber que quienes la rodeaban estaban a gusto.