-
AGRADAR A DIOS
Un riesgo de quien desea agradar a Dios
Diego Zalbidea
Agradar a alguien es lo contrario de entristecerlo o decepcionarlo. Como queremos amar a Dios y agradarle, es lógico que tengamos miedo a defraudarlo. Sin embargo, en ocasiones el miedo puede traer a nuestra mente y a nuestro corazón justo lo que tratamos de evitar. El miedo es un sentimiento valioso para advertirnos de los peligros, de nuestra fragilidad, pero no puede ser la columna vertebral de la vida cristiana. Tal vez por eso «en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión “no temas”, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor».
Hay una forma de temor ante la que el prelado del Opus Dei nos ponía en guardia al comienzo de su primera carta pastoral. Nos animaba a «exponer el ideal de la vida cristiana sin confundirlo con el perfeccionismo, enseñando a convivir con la debilidad propia y la de los demás»; a «asumir, con todas sus consecuencias, una actitud cotidiana de abandono esperanzado, basada en la filiación divina». Aunque santidad y perfeccionismo no son lo mismo, en ocasiones podemos confundirlos. Una persona santa teme ofender a Dios. Teme igualmente no corresponder a su amor. El perfeccionista, en cambio, teme no estar haciendo las cosas suficientemente bien y, por eso, teme que Dios esté enfadado.
Cuántas veces nos llenamos de decepción al constatar que nos hemos dejado llevar, una vez más, por nuestras pasiones, que hemos vuelto a pecar, que somos débiles para cumplir los propósitos más sencillos. Nos enfadamos, nos entristecemos, y llegamos a pensar que Dios está decepcionado: perdemos la esperanza de que pueda seguir amándonos, de que realmente podamos vivir una vida cristiana. En esas ocasiones, conviene recordar que la tristeza es aliada del enemigo: nos aleja de Dios. Confundimos nuestro enfado y nuestra rabieta con una supuesta decepción de Dios, pero el origen de todo eso no es el amor que le tenemos, sino nuestro yo herido, nuestra fragilidad no aceptada.
Al leer de labios de Cristo en el evangelio: «Sed perfectos», deseamos seguir ese consejo, hacerlo vida nuestra, pero corremos el riesgo de entenderlo así: «Hacedlo todo perfectamente». Podemos llegar a pensar que, si no lo hacemos todo con perfección, no agradamos a Dios, no somos auténticos discípulos. Con todo, Jesús aclara en seguida el sentido de sus palabras: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Se trata de la perfección a la que Dios nos abre al hacernos partícipes de su naturaleza divina. Se trata de la perfección del amor eterno, del amor más grande, del «amor que mueve al Sol y las demás estrellas», el mismo amor que nos ha creado libres y nos ha salvado «siendo todavía pecadores» (Rm 5,8). Para nosotros, esa perfección consiste en sabernos hijos: pequeños, frágiles, pero conscientes del valor que tenemos a sus ojos.
Ante el peligro del perfeccionismo podemos considerar que agradar a Dios no está en nuestras manos, pero sí en las de él. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó» (1 Jn 4,10). Por eso, debemos renunciar a señalar a Dios cómo tiene que reaccionar ante nuestra vida. Somos criaturas, y por eso hemos de aprender a respetar su libertad, sin pretender decirle por qué o por qué no debería amarnos. De hecho, nos ha demostrado su amor y, por eso, lo primero que espera de nosotros es que le dejemos amarnos, a su modo.