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24 agosto 2027

ORAR DESDE LA PALABRA DE DIOS. Non multa sed multum

ORAR DESDE LA PALABRA DE DIOS ( 2 de 5)
Non multa sed multum
Nicolás Álvarez de las Asturias

Conocemos la respuesta de Jesús a esa petición: la oración del padrenuestro. Alguno podría pensar que los discípulos debieron quedar decepcionados: ¿tan solo esas pocas palabras? ¿Eso es lo que hacía el Maestro durante largas horas? ¿Repetía siempre lo mismo? Podemos incluso imaginar que la respuesta de Jesús les debió de saber a poco; hubieran deseado que Jesús siguiera enseñándoles. En ese sentido, el Evangelio de san Mateo nos puede iluminar algo más, ya que, a diferencia del de san Lucas, sitúa la enseñanza del padrenuestro en el contexto del Sermón de la Montaña: allí Cristo había señalado las condiciones principales de la oración, del trato verdadero con Dios. Y bien, ¿cuáles son esas condiciones?

La primera es la rectitud de intención: se trata de dirigirse a Dios por él mismo, no por otros motivos; desde luego, no hacerlo simplemente para que nos vean, ni para aparentar una bondad de la que carecemos (cfr. Mt 6,5). Dirigirnos a Dios porque él es un ser personal, un ser que no puede ser instrumentalizado. Nos ha dado todo lo que poseemos, existimos por su amor, nos ha hecho hijos suyos, cuida tiernamente de nosotros y ha entregado su propia vida para salvarnos. Él no merece nuestra atención solo, ni principalmente, porque puede conseguirnos cosas. La merece… ¡porque es él! San Juan Pablo II, cuando era aún obispo de Cracovia, lo recordaba a los jóvenes: «¿Por qué oran todas las personas (cristianos, musulmanes, budistas, paganos)? ¿Por qué oran? ¿Por qué oran incluso los que creen no orar? La respuesta es muy sencilla. Oro porque hay Dios. Sé que hay Dios. Por eso oro».

La segunda es la confianza: nos dirigimos a quien es Padre, Abbá. Dios no es un ser lejano, ni mucho menos un enemigo del hombre, al que habría que tener contento, aplacando su ira o sus exigencias constantemente. Él es el padre que se preocupa por sus hijos, que sabe lo que necesitan, que les da lo que más les conviene (cfr. Mt 6,8), que «tiene sus delicias con ellos» (cfr. Pr 8,31).

Se entiende así mejor la tercera de las condiciones de la oración, que es la que introduce la revelación del padrenuestro: no usar demasiadas palabras (cfr. Mt 6,7). De esa manera podremos experimentar lo que nos recordaba el Papa Francisco: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!». Demasiadas palabras pueden aturdirnos y desviar nuestra atención, de modo que, en lugar de mirar a Dios y de descansar en su amor, acabemos prisioneros de nuestras necesidades urgentes, de nuestras angustias o de nuestros proyectos, sin que la oración nos abra verdaderamente a Dios y a su amor transformador.

Hay un adagio latino, non multa, sed multum, que san Josemaría usaba para referirse al modo de estudiar. El adagio recuerda la importancia de no dispersarse en muchas cosas —non multa—, sino de profundizar en lo esencial —sed multum—. Se trata de un consejo que sirve también para entender la enseñanza de Jesús sobre la oración. El padrenuestro, en su brevedad, no es una lección decepcionante, sino auténtica revelación del modo en que resulta posible la conexión verdadera con Dios.