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AGRADAR A DIOS
Santidad y perfeccionismo
Diego Zalbidea
En plena guerra civil española, y tras varios meses escondido en diversos lugares, san Josemaría decidió abandonar la capital del país. Era preciso llegar a un sitio donde su vida no corriera peligro y recomenzar de nuevo su misión apostólica. Con un grupo de miembros del Opus Dei, atravesó los Pirineos en un viaje lleno de peligro y consiguió llegar a Andorra. Tras pasar por Lourdes, se dirigió a Pamplona. Allí el obispo lo acogió y le ofreció alojamiento. Al poco de llegar, en las Navidades de 1937, hizo un retiro espiritual en soledad. En un momento de oración, escribía: «Meditación: mucha frialdad: al principio, sólo brilló el deseo pueril de que “mi Padre-Dios se ponga contento, cuando me tenga que juzgar”.
—Después, una fuerte sacudida: “¡Jesús, dime algo!”, muchas veces recitada, lleno de pena ante el hielo interior. —Y una invocación a mi Madre del cielo —“¡Mamá!”—, y a los Custodios, y a mis hijos que están gozando de Dios... y, entonces, lágrimas abundantes y clamores... y oración. Propósitos: “ser fiel al horario, en la vida ordinaria”»
Hielo, lágrimas, deseos… Son unas notas íntimas, llenas de intensidad, que nos permiten asomarnos a su alma: sus afectos, su estado de ánimo. San Josemaría busca amparo en sus amores: el Padre, Jesús, María. Y, sorprendentemente, en medio de la gran tribulación externa que se vivía en ese momento, saca un propósito que podría parecer nimio: cuidar el horario en la vida ordinaria. Esta es, sin duda, una de sus grandezas: el don de conjugar una relación afectiva con Dios, íntima y apasionada, con la fidelidad en la lucha diaria en cosas ordinarias, en apariencia insignificantes.