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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (3 de 6)
La experiencia de un mandato imperativo
Lucas Buch
Durante los años cincuenta, cuando viajaba por Europa para visitar a los primeros fieles del Opus Dei que habían marchado a distintos países para poner en marcha la labor apostólica de la Obra, san Josemaría
«dirigía a menudo la oración de la tarde de quienes le acompañaban, haciéndoles considerar el texto evangélico en que el Señor dice a los apóstoles: Os he elegido para que vayáis…, ut eatis». Era como un estribillo. Procuraba que las palabras de Jesús resonaran en los corazones de quienes tenía cerca para que se reafirmaran en la verdad que daba sentido a su vida y mantuvieran vivo el sentido de misión que ponía en movimiento su entera existencia: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).
Hemos leído y hemos escuchado muchas historias de las primeras personas que siguieron al Señor en el Opus Dei: el primer círculo, en el asilo de Porta Coeli; la primera residencia, en la calle Ferraz; la intensa vida de familia que san Josemaría procuró cultivar durante los años dramáticos de la Guerra Civil; la primera expansión por España; la llegada a Roma; la rápida expansión por todo el mundo… Aquellos jóvenes —y no tan jóvenes— seguían al fundador conscientes de estar siguiendo una auténtica llamada de Dios. A través de la Obra, habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera: el amor de Cristo, la misión de llevar ese Amor al mundo entero, de acercar a muchas personas a su calor, de encender los corazones en ese fuego divino. No necesitaban que nadie se lo recordase: les urgía extender el incendio. Es muy comprensible:
«El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión».
Unos eran jóvenes y entusiastas; otros, quizá, más fríos y racionales; pero todos estaban convencidos de que, detrás de aquel joven sacerdote y de la obra que tenía entre manos, había un querer explícito de Dios. Por eso fueron capaces de seguir la invitación del Señor, dejar todas las cosas y seguirle. Habían experimentado aquello que san Josemaría les repetía: «No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho… pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo». Y, como seguían a Jesús con una libertad alegre, aquel mandato no les pesaba. Al contrario. Es lo que también les solía decir el fundador: «Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice». No necesitaban que nadie les glosara el sentido de estas palabras: lo vivían.