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12 agosto 2027

AGRADAR A DIOS. Los «detalles caseros del héroe»

AGRADAR A DIOS
Los «detalles caseros del héroe»
Diego Zalbidea

Lo pequeño tiene valor para Dios, precisamente porque es nuestro. Aunque somos conscientes de que nunca saldaremos, si se puede hablar así, la deuda contraída con Dios, nos entusiasma soñar con contribuir a sostener las cargas familiares. Es su amor el que transforma nuestras baratijas en joyas preciosas. Todo sirve para hacer feliz a Dios: bastan, como nos dice el evangelio, dos monedas que forman la cuarta parte del as, pero que sacian su infinita capacidad de amar y ser amado. Y a nosotros, también, estas cosas pequeñas nos liberan el alma, porque nos ayudan a dejarnos amar… a cambio de nada. Vividas así, las cosas pequeñas no encorsetan. Por el contrario, se hace difícil cuidarlas con fidelidad si lo que nos mueve más bien es un afán de controlar, de cancelar la deuda. No se trata de eso, sino de detalles espontáneos y sencillos de quien se sabe mirado con cariño por un Dios que es, sí, todopoderoso y eterno, pero que es a la vez también un Dios muy casero.

Quizá muchos no realicemos las proezas de algunos grandes santos o mártires (seguramente ellos fueron los primeros sorprendidos de encontrarse haciendo cosas así), pero tenemos en todo caso la suerte de que a Dios le encantan nuestras ocurrencias. Él se deleita con nuestra inventiva, con nuestra lucha, alegre y libre. Y, como nosotros no percibimos la altura, perdemos el vértigo y actuamos con una naturalidad y una fe encantadoras para él. Así, casi sin darnos cuenta, nuestro corazón se abre a su gracia: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23).

San Josemaría estaba convencido de que nuestra vida tenía necesariamente este relieve sencillo, pero decisivo: «Todo aquello, en que intervenimos los pobrecitos hombres —hasta la santidad— es un tejido de pequeñas menudencias, que derechamente rectificadas, pueden formar un tapiz espléndido de heroísmo o de bajeza, de virtudes o de pecados. Las gestas —nuestro Mío Cid— relatan siempre aventuras gigantescas, pero mezcladas con detalles caseros del héroe. —Ojalá hagas siempre mucho caso —¡línea recta!— de las cosas pequeñas. Y yo también; y yo también (…)».

Internarse con esta perspectiva en el universo de las cosas del día a día nos permite salir al paso de dos desviaciones que pierden de vista el cariño y el humor con el que Dios nos mira. Aparentemente lejanas, ambas tienen algo decisivo en común: ponen el foco en nosotros, en lo que hacemos. Por un lado, podemos descubrir después de años de lucha que el cuidado de las cosas pequeñas nos proporciona cierta seguridad y cabe el riesgo de buscar en ellas la tranquilidad del que cumple. Quizá sin darnos cuenta se han transformado en pequeñas rigideces que sirven de analgésico para nuestra inseguridad: las vivimos externamente pero no las disfrutamos. Por otro lado, cabe también que nos supongan un peso insoportable, una carga que aplasta y desdibuja el rostro amable de Cristo, porque nos hacen agobiante la lucha.

En ningún caso la solución pasa por no prestarles atención. Más bien se trata de atisbar el efecto que nuestra lucha pequeña produce en Dios, y no tanto los resultados que nosotros logramos. Es cuestión de poner el foco de nuevo en él. Esa pelea muchas veces puede ser escondida, ínfima y sin fruto aparente, pero es parte del «diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo:

—¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! —Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes!».