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11 agosto 2027

ORANDO CON TODA LA IGLESIA. Dar voz a la oración de la Iglesia

ORANDO CON TODA LA IGLESIA (2 de 5)
Dar voz a la oración de la Iglesia
Juan Rego

Para san Josemaría la liturgia no era un conjunto de preceptos dirigidos solamente a dar solemnidad a ciertas ceremonias. Sufría cuando el modo de celebrar los sacramentos y demás acciones litúrgicas no estaba verdaderamente al servicio del encuentro de las personas con Dios y con los demás miembros de la Iglesia. Una vez, tras asistir a una celebración litúrgica, escribió: «Mucho clero: el arzobispo, el cabildo de canónigos, los beneficiados, cantores, sirvientes y monagos… Magníficos ornamentos: sedas, oro, plata, piedras preciosas, encajes y terciopelos… Música, voces, arte… Y… ¡sin pueblo! Cultos espléndidos, sin pueblo».

Este interés por el pueblo en la liturgia es profundamente teológico. En las acciones litúrgicas, la Trinidad se relaciona con la Iglesia entera y no solo con una parte de ella. No es casualidad que la mayor parte de las reflexiones que san Josemaría dedicó en Camino a la liturgia se encuentren en el capítulo titulado «La Iglesia». Para el fundador del Opus Dei, la liturgia era un lugar privilegiado donde se experimenta la dimensión eclesial de la oración cristiana; allí es palpable el hecho de que nos dirigimos todos juntos a Dios. La oración litúrgica, siendo siempre personal, se abre a horizontes que van más allá de las circunstancias individuales. Si en la meditación personal somos nosotros el sujeto que habla, en la liturgia el sujeto es la Iglesia entera. Si en el diálogo a solas con Dios somos nosotros quienes hablamos como miembros de la Iglesia, en la oración litúrgica es la Iglesia la que habla a través de nosotros.

De este modo, aprender a decir el nosotros de las oraciones litúrgicas es una gran escuela para complementar las distintas dimensiones de nuestra relación con Dios. Ahí uno se descubre un hijo más en esta gran familia que es la Iglesia. No sorprende, entonces, la clara exhortación de san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares».

Aprender a rezar litúrgicamente requiere la humildad de recibir de otros las palabras que decimos. Requiere también el recogimiento del corazón para identificar y valorar las relaciones que nos unen a todos los cristianos. En este sentido, nos puede servir considerar que estamos rezando unidos a quienes están junto a nosotros en ese momento y también con los ausentes; con los cristianos del propio país, de los países vecinos, del mundo entero… También rezamos con los que nos han precedido y están purificándose o gozan ya de la gloria del cielo. De hecho, la oración litúrgica no es una fórmula anónima, sino que está llena «de rostros y de nombres»: nos unimos a todas las personas concretas que forman parte de nuestra vida y que, como nosotros, viven «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», acogidos en la vida de la Trinidad.