-
PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (1 de 6)
Amados, llamados, enviados. Sentido de misión (I)
Lucas Buch
Hay una escena en los primeros capítulos del libro de los Hechos que no ha perdido un ápice de fuerza. Después de haber sido encarcelados, los apóstoles son milagrosamente liberados por un ángel y, en lugar de huir de las autoridades, vuelven al templo a predicar. De nuevo, son arrestados y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Estos, sorprendidos de lo que ven, les preguntan: «¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?». Los apóstoles, lejos de arredrarse, responden: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,28-29).
Los primeros cristianos heredaron esa profunda convicción. El libro de los Hechos recoge múltiples ejemplos, y la historia de los primeros siglos del cristianismo es suficientemente elocuente. Con la naturalidad de lo auténtico, una y otra vez nos encontramos con la misma necesidad: «Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Los creyentes son capaces de afrontar castigos, e incluso la muerte, sin perder la alegría. Hay algo en su corazón que les hace felices, una plenitud y una Vida que ni siquiera la muerte puede quitarles, y que no pueden dejar de compartir. Para nosotros, que hemos llegado a la Iglesia mucho tiempo después, surge clara una pregunta: ¿Es todo eso algo propio del pasado?, ¿o deberíamos vivir nosotros algo parecido?