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UNA AMISTAD QUE NOS TRANSFORMA (2 de 5)
Querer lo mismo que Jesús
Nicolás Álvarez de las Asturias
Se comprende muy bien que una de las mayores preocupaciones de Jesús sea que la oración, como lugar privilegiado para cultivar nuestra relación con Dios, no sea un elemento aislado en medio de las demás tareas de nuestra vida, con poca fuerza para transformarla. Por eso, en el Sermón de la Montaña, advierte: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho prodigios en tu nombre?”. Entonces yo declararé ante ellos: “Jamás os he conocido (…)”» (Mt 7,21−23). Son unas palabras fuertes. No basta haberlo seguido, ni siquiera haber hecho cosas grandes en nombre de Jesús. Se trata de algo mucho más profundo: de haberse conformado a la voluntad de Dios.
No nos resulta difícil entender esas palabras de nuestro Señor. Si la oración es camino y expresión de una relación de amistad, entonces debe seguir las características propias de un amor de ese tipo. Entre los amigos se llega, como recuerdan los clásicos, al idem velle, idem nolle, a querer lo mismo y a rechazar lo mismo. La oración cambia nuestra vida porque nos lleva a sintonizar con los deseos del corazón de Cristo, a vibrar con su afán de almas, a buscar con ilusión agradar a nuestro Padre celestial. Si no fuese así, si la oración no nos llevara a esa gloriosa semejanza de la que hablaba san Pablo, sin darnos cuenta nuestra oración se podría transformar en algo similar a una terapia de autoayuda, con la finalidad de mantener en paz nuestro espíritu o de garantizarnos un espacio de soledad. En ese caso, aunque se tratara de objetivos positivos, la oración no cumpliría su función principal: dar cauce a una auténtica relación de amistad con Cristo, llamada a transformar la vida.
Esta importante enseñanza de Jesús nos ofrece una pista para revisar la situación de nuestra oración. El criterio no será ya el sentimiento o el gusto espiritual que encuentro en mis ratos de oración; tampoco el número de propósitos que soy capaz de plantearme; ni siquiera el grado de concentración que he alcanzado. La oración, en cambio, podrá ser revisada a la luz del grado de transformación que trae a nuestra vida, a la luz de la progresiva superación de las incoherencias que se dan entre lo que creemos y lo que, en último término, vivimos.