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6 julio 2027

UN PERFUME CON VALOR DE ETERNIDAD. Como él ama

UN PERFUME CON VALOR DE ETERNIDAD (2 de 3)
Como él ama
Sofía Massmann

María continúa de rodillas junto a Jesús. El perfume baña los pies de su Señor y, sin dudarlo, comienza a secarlos con sus cabellos. María solo percibe la presencia de Cristo. No repara en los demás invitados, ni en su hermana Marta. Está frente al Señor dándole a conocer el cariño que le tiene y su inmensa gratitud.

También Jesús la contempla sin decir palabras. Deja hacer. Es el momento de María, y quiere necesitar de esas delicadezas. Sabe que se aproxima su pasión y muerte, y le viene al pensamiento todo lo que padecerá por cada uno y por cada una, porque ha venido al mundo para atraernos a su amor, para enseñarnos a amar. Y ve en ese movimiento afectuoso de María un consuelo al sufrimiento que ya se le acerca. María proyecta en ese gesto tantos miles de actos de amor a Dios que cristianos de todos los tiempos le ofrecerán. El corazón de Jesús está particularmente sensible a las manifestaciones de cariño que recibe. Por eso da las gracias a María y, en ella, a todos los que continuarán ungiendo a Dios con el perfume de su vida ordinaria: «Dondequiera que se predique este Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho se contará en memoria suya» (Mt 26,13).

¿Cómo habrá vivido Jesús ese momento? ¿Qué estaría sopesando en su interior? Quizá entre sus pensamientos rondaba lo que él realizaría con sus apóstoles durante la última cena. Él lavará los pies a sus discípulos, y María se le ha adelantado con aquel gesto.

Probablemente, Jesús pensaría en el acto de entrega más grande que tendría lugar pocos días después con la institución de la Eucaristía, la total entrega de sí que culminaría en la cruz. Quién sabe si también consideraría su presencia en cada sagrario, y en tantas almas que se acercarían a él y le recibirían con las mismas disposiciones con que, en ese mismo momento, lo hacía María. «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

En toda esta escena, se podría pensar que es Jesús quien más recibe con este gesto de María: ella ungió sus pies y los secó con sus cabellos, pero, en verdad, es María quien gana en esta historia. Se vuelca con Jesús, pero él «no se deja ganar en generosidad»[3] y le abre un horizonte aún más dilatado de amor: manifestando con ese gesto su afecto y comprobando que era bien acogido, el corazón de María aprende a ensancharse para amar como Jesús.